Val: En busca de la voz perdida

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Val: En busca de la voz perdida

A simple vista28 de julio de 2021

Val Kilmer nos hace atravesar una montaña de emociones y su historia nos ayuda a reconciliarnos con la vida. Un viaje directo al corazón que nos invita a revisar nuestra historia personal y mirar hacia adelante con ganas de seguir viviendo.

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

¿Qué es estar vivo?, ¿cuál es nuestro propósito?, ¿cómo saber que hemos logrado —o lograremos— aquello que nos hemos propuesto? Algunas de estas interrogantes nos han asaltado, en el mejor de los casos, unas cuantas veces durante nuestra existencia —sobre todo cuando la idea de la muerte se hace presente. Religión, esoterismo, metafísica, filosofía, mitología, biología y muchas otras ciencias han intentado darnos algo de luz al respecto, sumergiéndonos en un mar de respuestas tan amplias y disímiles que terminan expandiéndose como fractales que, lejos de darnos certeza, nos invitan a cuestionarnos más y más. Al final del día, esa frenética búsqueda por conseguir la Verdad —afuera de nosotros— se transforma en un trabajo interior, de filigrana, para hallar nuestra verdad, una que vamos armando poco a poco, como un rompecabezas, durante el transcurso de este viaje único y completamente personal que es vivir. Es precisamente así, como una travesía íntima, que se nos presenta Val, el nuevo documental de Amazon Studios y A24, entrenado en el Cannes Film Festival este año. Una historia profundamente humana que gira alrededor de la vida del famoso actor Val Kilmer, un trabajo de introspección poderoso con ecos proustianos que nos hará reflexionar sobre nuestra historia personal y el lugar que ocupamos en el mundo.

Narrada en primera persona por Val Kilmer (a través de la voz de su hijo Jack Kilmer), Val es una suerte de híbrido entre documental auto-biográfico, ejercicio de meta-metaficción y found-footage. Utilizando cientos de clips entre material de archivo, entrevistas, fotografías y collages, el relato se va hilando gracias a las memorias y reflexiones de su protagonista luego de superar el cáncer de garganta y “perder su voz” (una lucha que lo alejó de la actuación, el arte al que dedicó toda su vida). Lejos de sentirse como una intrusión en la intimidad de un ser sumamente sensible, el documental se desenvuelve como una historia lúdica y cercana que nos invita a descubrir y rememorar las múltiples aristas que formaron el ethos del actor. Organizado por capítulos que sirven como hitos en la vida de Val Kilmer, su metraje intercala su filmografía con dramas familiares, reflejando al protagonista en toda su complejidad como actor, hijo, hermano, esposo, padre, creador y ser humano. En pocas palabras, asistimos al recuento de la vida de una persona que, como cualquier otra, ha experimentado felicidad y tristeza; un hombre que ha estado en la cúspide, pero que también ha atravesado la noche oscura del alma. El resultado es la humanización de una figura pública que, aparentemente, ha tenido una vida “perfecta”, pero con la que tenemos más cosas en común de lo que pudiésemos pensar. Esto hace de Val el relato conmovedor de un artista que mira al futuro con un optimismo encomiable, pero sin dejar de observar con añoranza un pasado mejor: una paradoja profundamente humana.

Dirigido y editado por Ting Poo y Leo Scott, Val tiene una impronta personal y cándida en todo momento. A pesar de ser la ópera prima de la dupla, podemos ver en cada minuto de ella una propuesta narrativa y visual sólida. Parte de esta madurez se debe a que ambos realizadores poseen una basta experiencia como editores, cualidad que salta a la vista gracias al ritmo dinámico que posee el documental. Más allá de tener que enfrentarse a miles de horas de material de archivo en diferentes formatos, el principal logro de Poo y Scott es el haber podido valerse de todos los tipos de montaje que existen (analítico, sintético, rítmico, expresivo, alterno, paralelo y psicológico) para darle cohesión al relato hasta el punto de casi hacerlo parecer una ficción: por momentos, pareciera como si Val Kilmer hubiese planeado, desde que era niño, hacer un documental sobre sí mismo y hubiese rodado material sabiendo qué le sucedería en el futuro. Gracias al trabajo a 4 manos de sus realizadores (y, por supuesto, al carisma de los Kilmer), la historia fluye sin problemas, paseándose por momentos anecdóticos (como entrevistas, la aparición de actores y directores famosos) y los instantes más íntimos del actor (como su introspección, encuentros familiares y su dinámica con los fans) sin que el ritmo del metraje decaiga o perdamos la conexión emocional.

Más allá del encanto que tiene Val Kilmer y sus hermosas reflexiones, una de las fortalezas de Val es que nunca ensalza a su protagonista ni cae en un tono lastimero, al contrario, el documental nos confronta constantemente con el inevitable declive las cosas. Gracias al contraste que se crea entre el presente (con un Val Kilmer viejo, sin voz, visitando lugares icónicos de su vida) y el pasado (con su versión joven, apuesto, logrando sus primeras hazañas), el montaje nos mete en la cabeza del actor, viviendo lo agridulce de rememorar el pasado desde el presente, siendo alguien completamente diferente en cuerpo pero cuya alma se mantiene intacta (como si se tratara de la paradoja del barco de Teseo). Es debido a estos juegos en los saltos temporales que se establece de forma tácita paralelismos entre el amanecer y el ocaso de la vida, como un ciclo en perpetuo movimiento donde nunca es tarde para detenernos a pensar de dónde venimos y hacia dónde vamos.

En resumen, Val es mucho más que un documental autobiográfico, es un ejercicio de metaficción, donde su protagonista cumple el sueño de “volver al set”, pero liberado de las cadenas del perfeccionismo y otros fantasmas que lo acosaron durante toda su vida. El resultado es el retrato de un actor profundamente sensible que nos abre su corazón para compartir su visión espiritual de la vida desde la humildad y el respeto. Contrario a lo que podría pensarse, Val Kilmer desmitifica su condición de super estrella de Hollywood, enseñándonos que, como cualquiera, tiene sueños, miedos, tragedias, amores, dolores, éxitos y frustraciones que lo hacen más cercano a nosotros de lo que pudiésemos imaginar. Es así como Val, más que un documental, funciona como una suerte de testimonio de un ser humano en búsqueda de sí mismo. Uno que, luego de haber sobrevivido a la tormenta, nos mira a los ojos con una sonrisa y nos anima a mirar nuestra vida como “una parte del todo”. Como el excelente actor que es, pero desde otro lugar, Val Kilmer nos hace atravesar una montaña de emociones y su historia nos ayuda a reconciliarnos con la vida. Un viaje directo al corazón que nos invita a revisar nuestra historia personal y mirar hacia adelante con ganas de seguir viviendo.

Lo mejor: la propuesta narrativa de sus directores (la unión de metrajes personales con entrevistas, tras cámaras, planos de películas en contraposición al presente). El carisma de Val Kilmer como hilo conductor del relato y la belleza de su narración a cargo de su hijo.

Lo malo: No poder disfrutarlo en pantalla grande. El episodio de su lucha contra el cáncer de garganta (diagnóstico, tratamiento, etc) se explora a través de pequeños diálogos y “momentos”, es como el elefante blanco en la habitación del que no se habla mucho.

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