Tiger King: Las paradojas del post-modernismo

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Tiger King: Las paradojas del post-modernismo

17 de julio de 2020

«Lo que comienza como un documental sobre la posesión de animales exóticos  termina en una conspiración e intento de asesinato fallido, saltando por temas aparentemente “inconexos” como un reality show sobre un zoológico en condiciones paupérrimas, una campaña electoral, explotación y maltrato animal, un matrimonio entre 3 hombres, videoclips con estética cutre, rencillas online, suicidio, estafas y muchísimos excesos…»

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

El ser humano es contradictorio por naturaleza, pero vivimos en tiempos donde las paradojas se han transformado en incongruencias. La ausencia de formas de la post-modernidad, la licuefacción que profetizó Bauman y la confusión entre libertad y libertinaje nos tienen a la deriva como sociedad. La virtualidad ha desdibujado nuestras formas y hoy más que nunca, gracias al COVID-19, nuestra vida gira alrededor de Internet (omnipresente, omnisciente y todo poderoso, ese que siempre puede cumplir nuestros sueños), una deidad que adoramos mediante un culto absurdo a la personalidad, desdoblándonos y transformándonos en caricaturas de nosotros mismos para ser aceptados por todos. Por si fuera poco, la dinámica en la web se ha vuelto una experiencia completamente patológica, intoxicándonos con una tormenta de información que nubla nuestro juicio: a las 7am una red de prostitución infantil en Zimbabwe conmueve la opinión pública, a las 2pm un shooter en algún rincón de Estados Unidos hace que todos pongan en sus avatares una bandera negra y a las 10pm el nuevo disco del artista de moda se transforma en memes y publicidad invasiva en todas las redes sociales. Al día siguiente otras noticias nos quitan el foco de las anteriores y así vamos de estímulo en estímulo, como ratones de laboratorio, sin tener la oportunidad de establecer una posición frente a cada hecho o entender qué es lo que está sucediendo. ¿Cuál será la narrativa que dejará testimonio de esta época? Paradójicamente, aunque es mucho el contenido que se produce, son pocas las historias que nos sumergen en esta vorágine de la post-modernidad y Tiger King, sin lugar a dudas, es una de ellas.

 

Dividida en 7 capítulos (y un episodio especial extra), esta Docu-series, producción original de Netflix, es una de las apuestas más interesantes —y peculiares— del streaming en lo que va de año 2020. La historia se centra en Joe Exotic, el dueño de un zoológico en Oklahoma especializado en criar tigres. Un hombre excéntrico, megalómano, narcisista, bully, gay, bígamo, redneck, cantante country, con look ochentero, paranoico, fanático de las armas y con aspiraciones políticas presidenciales. Un cocktail explosivo que lo transforman en una figura fascinante que haría palidecer a cualquier personaje de ficción. Si bien es cierto que el día a día de este sujeto da como para un largometraje, el conflicto de Tiger King se centra en su lucha encarnizada contra Carole Baskins. una activista millonaria obsesionada con los felinos en cautiverio, lisonjera, ególatra, explotadora y con un pasado oscuro. Alrededor de ambos orbitan una decena de personalidades que son tan peculiares como ellos (desde un narcotraficante que violaba la ley para pagar su adicción a los animales exóticos, hasta un polígamo dueño de un zoológico y creador de una suerte de secta donde se le rinde culto). Y, por más extraño que le parezca al lector, esto es solamente la punta del iceberg.

 

Ver Tiger King es lo más parecido a la experiencia “online” de un usuario promedio, alguien que entra en internet para buscar A y termina consiguiendo Z con muchas pestañas abiertas en paralelo en su navegador. Lo que comienza como un documental sobre la posesión de animales exóticos en Estados Unidos termina en una conspiración e intento de asesinato fallido, saltando por temas aparentemente “inconexos” como un reality show sobre un zoológico en condiciones paupérrimas, una campaña electoral, explotación y maltrato animal, un matrimonio entre 3 hombres, videoclips con estética cutre, rencillas online, suicidio, estafas y muchísimos excesos de todo tipo. Son tantas las vueltas de tuerca que tiene este relato que cada episodio es un tirabuzón que nos hace reír a carcajadas y, al instante, nos deja profundamente perturbados y atónitos por lo que vemos. Por supuesto, este efecto no se debe únicamente a la historia y los personajes que habitan en esta Docu-series sino a la manera sumamente inteligente y lúdica en la que está contada, haciendo que cada revelación dentro vaya in crescendo enganchándonos por completo.

Los realizadores detrás de esta obra tan peculiar son Rebecca Chaiklin y Eric Goode, una dupla que en la dirección echan mano de todos los recursos posibles a nivel narrativo y visual (entrevistas, b-roll, material al estilo “reality show”, videoclips, footage de un canal web, redes sociales, animaciones, noticieros, fotos, voice over, dramatizaciones, ruptura de la cuarta pared) para envolvernos en el caos de esta historia. Aunque las entrevistas que sirven de hilo conductor de Tiger King tienen el típico formato de talking heads, el material de apoyo que las acompaña y el montaje las resignifica, haciéndolas dinámicas y, a su vez, generando un doble discurso (que, a veces, contrapone los testimonios con tan solo acompañarlos con ciertos planos o saltando de una opinión a otra dentro del mismo contexto). Chaiklin y Goode transmiten con su visión y puesta en escena la sensación de Breaking new/reality show que hace que nos zambullamos en cada capítulo por una curiosidad casi morbosa de saber hasta dónde llega la locura de sus personajes. Una pulsión que utilizan sus creadores de manera perversa, llevando nuestra atención de un foco a otro, sin permitirnos parpadear o siquiera asimilar los hechos que nos presentan, avasallándonos con nuevos vericuetos en su desarrollo.

 

Dejando a un lado a los directores, quienes merecen ovaciones de pie es el equipo de edición de Tiger King. Un dream team compuesto por 7 editores (Doug Abel, Pedro Alvarez Gales, Nicholas Biagetti, Dylan Hansen—Fliedner, Camilla Hayman, Daniel Koehler y Geoffrey Richman) con múltiples bagajes en diversos medios (cine, televisión, publicidad, videoclips y documentales) y con experiencia trabajando en diferentes registros dramáticos (comedia, acción, suspenso, drama), dándonos como resultado una mezcla única que, perfectamente ensamblada, nos da un mosaico narrativo sumamente rico. Más allá de enfrentarse a cientos de horas de material (donde todo es una rareza) y sacar la crème de la crème de cada momento, el equipo realiza un trabajo de filigrana al hilar todo con beats que nos hacen adictos a la serie. Su trabajo es mucho más complejo que crear cliffhangers al final de los episodios: cada fragmento de la historia posee dentro de sí una enorme cantidad de vueltas de tuerca que nos hipnotizan en un trance que provoca devorarse de una sentada.

 

Si bien es cierto que todas las personalidades que retrata Tiger King son completamente patológicas, uno de los grandes aciertos de la Docu-series es que, a pesar de lo moralmente cuestionables que son, nos cautivan. Sus realizadores hacen un trabajo encomiable al meternos dentro de la psique y el mundo de sus entrevistados, logrando en cierto punto que generemos empatía por algunos (una labor casi imposible y que solo demuestra el dominio narrativo del equipo). Al final de sus entregas no sabemos quién está más loco dentro de la historia y nos es difícil tomar partido por un bando u otro. Además, experimentamos una mezcla entre compasión y horror por todo lo que sucede, dificultando que podamos emitir un juicio de valor tajante frente algunas acciones. De hecho, aunque el centro de la narrativa está en Joe Exotic y Carole Baskins, fácilmente podrían hacerse más capítulos —o algún spin-off— dedicado a los personajes secundarios que hacen vida alrededor de ellos. Toda la narración es tan excéntrica como sus protagonistas y gracias a su presentación, Tiger King nos da más el feeling de serie de ficción desquiciada que un documental. No me extrañaría en lo absoluto que en un futuro no muy lejano alguien compre los derechos y haga un largometraje al mejor estilo Pain and Gain o American Animals (relatos reales tan inverosímiles que nos hacen repetir ese famoso lugar común de “la realidad supera a la ficción”).

 

Si alguien me preguntara qué documental expresa mejor la post-modernidad, sin chistar, respondería Tiger King. Su utilización y mezcla de todos los formatos posibles en la actualidad para narrar (hasta casi transformarse en una suerte de meta-ficción), la dosificación de cada recurso y su unión en el conjunto la hacen una experiencia única, transformándose en un híbrido inclasificable entre drama y comedia con tintes macabros. Sus protagonistas y la historia que viven es tan increíble que si no tuviésemos registro de lo que sucede nos costaría creerlo. Esta Docu-series marca un hito en Netflix junto con grandes apuestas como Dark, The Crown o House of Cards, transformándose en una referencia dentro del género en la modernidad. Dejando a un lado la reflexión tácita sobre la posesión de animales salvajes por moda o status, Tiger King es un testimonio muy valioso sobre lo enferma y narcisista que puede llegar a ser nuestra sociedad y la “normalización” de este tipo de conductas. Más allá de agitar nuestra zona de inferioridad psicopática, su narración expone incongruencias y vacíos en un sistema legal aparentemente infalible como el norteamericano. Al mismo tiempo, cuestiona nuestro rol como colectivo al ensalzar a ciertas personalidades y hacer la vista gorda frente a otras. Por último, el hechizo de Tiger King es tal que logra quedarse en nuestra mente mucho tiempo después de terminada, haciendo que hasta el sol de hoy sigamos googleando información sobre ella y descubriendo noticias aterradoras (como que gente recolectó firmas para que Donald Trump le diera un “perdón” a Joe Exotic o que Carole Baskins se quedó con el zoológico, pero se descubrió que, supuestamente, la firma en el testamento de su ex-esposo estuvo amañada). Actualizaciones que nos vuelven a sumergir en la vorágine que representa esta historia, diluyendo sus fronteras y azuzando nuestra curiosidad, haciendo que queramos más y más contenido para seguir proyectando en sus protagonistas nuestra locura personal y colectiva.

 

Lo mejor: el retrato que hace de las personalidades en las que se centra el documental, todos son excéntricos, moralmente cuestionables y fascinantes. Su montaje que mantiene un ritmo hipnótico. Todas las vueltas de tuerca que tiene su desarrollo.

 

Lo malo: como se trata de una historia “en proceso” es inevitable ver las noticias y desear que el documental tenga más entregas. Hay una galería de personajes que tienen apariciones puntuales y que hubiese sido genial haberles dedicado un capítulo entero.

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