Parasite: la simbiosis de nuestro día a día

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Parasite: la simbiosis de nuestro día a día

A simple vista4 de marzo de 2020

» De los pocos relatos donde la moralidad desaparece, la comedia y el drama se funden, y nuestras verdades se ven sacudidas por una ficción que, por momentos, parece inverosímil pero que es terriblemente real».

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

Solemos criticar muchísimo a la sociedad, pero pocas veces cuestionamos el funcionamiento de su célula fundamental: la familia. En ella reside el caldo de cultivo de lo que somos como colectivo, no en balde, durante el desarrollo de la Historia, las religiones y gobiernos se han centrado en dominarla —valiéndose de cualquier excusa— y así regir sobre nuestros destinos de forma silente. Podemos tener un hogar tóxico, disfuncional o caótico, pero La Familia como institución tiene un lugar casi sagrado en el inconsciente colectivo. Si bien es cierto que su representación clásica ha cambiado en el cine (papá, mamá, hijo, hija y mascota), son pocos los largometrajes que se atreven genuinamente a desnudarla y exponer los monstruos que existen en ella cuestionando al público directamente (verbigracia, Teorema, Ordinary People, Festen o August Osage County). Es en este último renglón donde entra Parasite (Parásitos) del laureado director, productor y guionista Bong Joon-ho (Memoirs of Murder, Okja, Mother, Snowpiercer), ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes y el primer largometraje extranjero en triunfar en los premios de La Academia en la categoría de Mejor película; un relato universal que explora la sombra del colectivo y nos hace cuestionarnos nuestro rol en la sociedad.

 

Parasite cuenta la historia de los Kim, una familia de clase baja que vive hacinada en un semisótano en Corea del Sur. A pesar de ser talentosos y bastante astutos, se encuentran desempleados y haciendo trabajos a destajo —y mal remunerados— para sobrevivir. Las cosas cambian radicalmente para ellos cuando su hijo, Kim Ki-woo (Choi Woo Shik), es contactado por un viejo amigo y recomendado para dar clases de inglés a la hija de los Park, una familia de clase alta con una casa espectacular en una de las mejores zonas de la ciudad. Lastimosamente, Kim Ki-woo no posee las credenciales para asumir el trabajo (no estudia en una universidad prestigiosa ni tiene abolengo), pero sí es apto para poder dictar las lecciones. Esto lo lleva a falsificar un par de documentos con la ayuda de su hermana Kim Ki-jung (Park So Dam) y tomar el empleo. Gracias a su sagacidad, Kim Ki-woo logra conquistar rápidamente a la señora Park Yeon-kyo (Cho Yeo Jeong) y a su hija Park Da-hye (Jung Ziso), lo que le permite recomendarles a su hermana como profesora de arte para el pequeño Park Da-song (Jung Hyun Jun), iniciando otro ciclo de mentiras y pretendiendo que no hay ningún parentesco entre ambos. Luego infiltrarse en la casa, Kim Ki-jung recomienda a su padre Kim Ki-taek (Song Kang Ho) para que sea el chofer de la familia —sin anunciar, por supuesto, su relación filial con él— y éste, a su vez, a Kim Chung-sook (Chang Hyae Jin), su esposa, como ama de llaves, armando todo un complot para ir “parasitando” poco a poco a los Park, estableciendo una relación de dependencia entre todos, revelándonos la naturaleza de ambas familias.

 

Dejando a un lado toda la fama que la precede, Parasite es de esas pocas películas donde absolutamente todas las áreas del proceso de creación cinematográfico funcionan como una amalgama perfecta. Su guión corre por cuenta de la dupla de Bong Joon-ho y Jin Won Han, quienes desarrollan una historia con personajes sólidos, tridimensionales, con motivaciones fuertes y arcos dramáticos interesantes, diálogos lapidarios, escenas memorables y vueltas de tuerca increíbles, llevándonos en una progresión de géneros donde la comedia, el suspenso y el drama se yuxtaponen, cautivando al público a cada instante. Todo esto se ve potenciado gracias a la precisión de Bong Joon-ho en la dirección, con una propuesta narrativa y estética que recuerda a lo mejor de Alfred Hitchcock y David Fincher; creando planos hipnóticos, perfectamente compuestos y con múltiples niveles de lectura, donde la puesta de cámara le da cada encuadre y movimiento un acabado casi matemático. El montaje Jinmo Yang (Okja, Train to Busan, The Age of Shadows), da vida al trabajo de filigrana del director, creando secuencias inolvidables con una musicalidad que nos seduce, llevándonos de la risa a la angustia entre corte y corte, sin que perdamos la atención por un segundo. Gracias a la sinergía entre guión, dirección y montaje, a Parasite no le sobra ni un cuadro, sus escenas —y la unión con el conjunto— crean una narrativa tan compacta que genera la ilusión de perfección (cualidad que podemos atribuirle a pocos maestros en la historia del séptimo arte).

 

Otras de las grandes puntos a favor de Parasite es su acabado estético. La cinematografía Kyung-pyo Hong (Mother, Snowpiercer, Burning) es exquisita y se mueve con comodidad entre la belleza del aspecto formal (pintando cuadros completamente tridimensionales con un alto contraste entre luz y sombra) y la creación de un código visual que subraya el tema que subyace en el desarrollo de la historia. Es así como la temperatura del color marca la diferencia social entre familias (usando la calidez, el amarillo y el alto contraste para los Park, en contraposición a la frialdad, el verde y la baja saturación para los Kim), lo mismo que resalta el estado anímico del relato y lo que sucede en la casa de los Park, cambiándola radicalmente durante todo el metraje de la película (a veces como un lugar acogedor en un día soleado, otras sumergiéndola en la más completa oscuridad). El diseño de producción Ha-jun Lee (Okja, The Housemaid, Sea Fog) es otro de los atractivos de Parasite, al crear desde cero la residencia de los Park transformándola en un personaje. Además, es la encargada de reforzar visualmente la brecha entre ambas familias, dándole a los Park un hogar minimalista, moderno y pulcro —casi aséptico— en contraste con el sucio, atestado de cachivaches y desordenado de los Kim. La guinda la pone la música Jaeil Jung (Okja) que, lejos de ambientar, crea “momentos musicales” que acompañan al montaje (como la secuencia con el durazno y el ama de llaves o la del sótano y el ram-don) como si de una danza se tratara, paseándose por todas las emociones que se desprenden del desarrollo del guión, resaltándolas y dándole a Parasite una personalidad musical hipnótica. Por si fuera poco, las actuaciones son insuperables. Absolutamente todo el cast —desde los principales, secundarios y figuras antagónicas— nos brindan caracterizaciones que se pasean por múltiples registros —algunos hasta disímiles— manteniendo en todo momento la verosimilitud del relato, moviéndose con soltura entre el drama, el humor físico, el suspenso y la comedia. Su trabajo es tal que trasciende la barrera del idioma, la cultura y los rasgos fenotípicos, conectando con todo el público sin ningún tipo de problema.

 

Entrando en el campo de la especulación, otra de las grandes virtudes de Parasite es el abrir el abanico a múltiples interpretaciones desde todos los campos: psicológico, social, político, histórico y dramático. Bong Joon-ho se esmera en resaltar la gran diferencia entre ambas familias, pero sin permitirnos tomar partido por ninguna de las dos, creando el terreno perfecto para que nuestra brújula moral quede obsoleta. En primera instancia conocemos a los Kim, una familia unida y feliz que vive en condiciones paupérrimas. Lejos de apelar a nuestra lastima, se nos presentan como un grupo astuto, inteligente, con talento para conquistar sus metas, pero con la incapacidad de conseguir un trabajo que les permita sostenerse. En la otra antípoda tenemos a los Park, una familia carente de malicia que vive en un casa hermosa —pero vacía—, donde ninguno de sus miembros interactúa entre sí, viviendo en una burbuja de lujos. Esto establece una dinámica especular entre ambos clanes. El señor Kim es agradecido y ejecuta bien su trabajo como chofer, pero posee dentro de si un gran resentimiento —que se ve agitado durante el desarrollo de la historia—; el señor Park funge como un emperador que, aunque se ha ganado su posición social con trabajo honesto, todo lo resuelve con dinero. La señora Kim ejecuta todas las labores del hogar y cuida a su familia; la señora Park es una suerte de trophy wife que reacciona como una niña miedosa frente a cualquier estímulo, teniendo una conexión más cercana con sus perros que con sus hijos (de hecho, en ningún momento los toca). La hija de los Kim es sumamente inteligente, posee un porte que le permite pasar por alguien de la alta sociedad y adora a su hermano; la hija de los Park es caprichosa, malcriada y detesta a su hermano menor. El hijo de los Kim desea ayudar a su familia, es planificador, ambicioso y de buen corazón; el hijo de los Park tiene talento para la pintura, pero no recibe atención de ninguno de los miembros de su familia, transformándose en un pequeño dictador que rige los destinos todos.

 

Los Park necesitan a sus “parasitos” para poder vivir (alguien que les cuide a los hijos, les cocine y les maneje), los Kim desean el status social y facilidades de sus jefes (y viven aparentando tener un nivel socioeconómico superior al que pueden aspirar). Los Park creen que pueden resolverlo todo pagando servicios o comprando cosas, los Kim sostienen que gracias al dinero la gente es buena, guapa y logra sus metas en la vida. Todo en los Park es superficial y sencillo. Mientras que los Kim urden un complejo juego de intrigas para ir estafar a sus anfitriones. La ingenuidad de los primeros hace que los segundos, con su malicia —que raya en la psicopatía—, se infiltren en la casa, estableciendo un juego de espejos donde la simbiosis nos confunden y los prejuicios afloran, haciendo que cada quien encarne su propia sombra, desdibujándose (como la escena donde Kim Ki-jung se baña en la tina y “parece uno de ellos”, cuando Park Dong-ik tiene sexo con su mujer fantaseando que son de una clase social baja o en el momento en el que aparecen los otros “parásitos” y la familia Kim se comporta como si fuesen los dueños de la casa para luego volverse animales). Como toda dinámica de dependencia, la ruptura es violenta y sorpresiva: los Kim son descubiertos por otros mentirosos,  Moon-gwang (Lee Jung Eun) y Geun-se (Myeong-hoon Park). Esta dupla representa el eslabón más bajo de la cadena, exponiendo la naturaleza embaucadora de los Kim y demostrándoles que hay gente más inescrupulosa que ellos. Lejos de reaccionar con astucia, la familia peca de inocente —como los Park— y la nueva pareja de parasitos toma el control de la situación. Uno más desequilibrado que el otro (el esposo infantilizado y psicótico y la esposa manipuladora y agresiva) encarnan la sombra de los Kim: exponen su mentira, huelen peor que ellos y son una verdadera amenaza para todos, confrontándolos y aprovechándose de su desconcierto. Una bomba de tiempo que complica la trama y dota al discurso de Parasite de una nueva dimensionalidad y complejidad.

 

Dejando a un lado la amplificación desde el argumento, el sistema de imágenes de Bong John Ho abre otra capa de significados, es sutil y efectivo, moviéndose en la dualidad que coexiste en todo momento entre ambas familias, generando contrastes. El semisótano oscuro de los Kim (al ras del suelo, observando la calle como si fuesen cucarachas, teniendo su poceta ubicada físicamente “por encima de ellos”), versus la colina alta e iluminada que lleva a la casa de los Park (un lugar lleno de vidrios que dan a un hermoso jardín entre muros que guarda distancia con “el otro mundo”). El hogar precario, pero lleno de recuerdos, en contraposición a la casa lujosa, pero vacía y desprovista de personalidad. Los Kim se aman y están unidos gracias a su condición económica, los Park tienen conexiones superficiales y viven disgregados por la misma razón. El hilo conductor de ambas familias, más allá de la casa donde cohabitan, son las escaleras (que suben a los cuartos donde la distancia entre padres e hijos es mayor o que bajan al sótano donde habitan los monstruos), peldaños que atraviesan todos los personajes constantemente y que nos permite entender la perenne conexión entre unos y otros (lo mismo que funcionar como una metáfora de la psique donde contenidos sombríos, reprimidos e intolerables, suben a nuestra conciencia y nos hacen bajar al Inframundo, generando nuestro proceso de transformación).

 

Otra imagen importante es la piedra a la que se aferra Kim Ki-woo, elemento que alude al azar, la superstición, el facilismo y el sistema de creencias limitantes de la familia Kim. Sin lugar a dudas, el símbolo más importante del relato es la lluvia (en forma de inundación, pocetas escupiendo desperdicios y cascadas que arrasan con todo), que le destroza el hogar a los Kim, pero le limpia el día a los Park. Un aguacero que moviliza la dinámica que se da en la casa, haciendo que la emoción fluya y todo lo oculto y los complejos salgan a la luz, sacando a los monstruos del subsuelo, llevando a los impostores escaleras abajo, haciendo que los olores “traspasen” y la mentira se desvanezca. No puedo dejar por fuera otro detalle clave dentro de la trama, el tratamiento de algo intangible: el olor. El pequeño Park Da-song se da cuenta que los Kim huelen igual, pero sus padres, completamente desconectados de los instintos, lo ignoran, sin siquiera percatarse de la invasión que ha ocurrido en sus narices y que ellos mismos han propiciado. Lo que parece un comentario furtivo, más adelante muta a varios diálogos despectivos que terminan azuzando la tragedia que cierra el largometraje (con la perdida de función de realidad de Geun-se y la sombra que toma el señor Kim, cargado de resentimiento frente a la actitud del señor Park), sumiendo al espectador en un desasosiego que lo confronta desde múltiples aristas.

 

Parasite, sin ánimos de exagerar, es una obra maestra. Una de las mejores películas de la década y del cine coreano (una nación que, dicho sea de paso, posee una de las filmografías más interesantes de la contemporaneidad). Su mayor fortaleza es contar una historia pequeña pero tan poderosa que trasciende las barreras del idioma, cultura y país, una sátira que expone temas arquetípicos —la desigualdad social, la ambición, la manipulación, la idealización y las tragedias familiares— sin tomar bandos o plantearlo de forma binaria. Parasite es de los pocos relatos donde la moralidad desaparece, la comedia y el drama se funden, y nuestras verdades se ven sacudidas por una ficción que, por momentos, parece inverosímil pero que es terriblemente real. Bong Joon-ho va hilando fino un guión donde dos realidades, aparentemente disímiles y que coexisten en cualquier sociedad, se entrelazan hasta volverse una amalgama indisoluble. Con cada escena, va creando una radiografía de los tiempos que vivimos, dando como resultado un desarrollo magistral y un epílogo que nos deja desconcertados. Al final del metraje, lejos de pensar de forma maniquea entre víctimas y victimarios, el espectador descubrirá su simbiosis personal con un sistema donde todos somos o hemos sido tanto como los Kim como los Park (y los del sótano). Una dura reflexión harto necesaria en estos tiempos modernos donde las redes sociales, la política, la economía y cada sector de la vida parece más y más propenso a sumergirnos en una dinámica parasitaria.

 

Lo mejor: su guión lleno de vueltas de tuerca, personajes complejos y abierto a múltiples lecturas. La dirección precisa que nos pasea de la comedia al drama de un instante a otro. Las actuaciones de todo el cast. La fotografía, el diseño de producción, el montaje y la música.

 

Lo malo: puede que los que no están familiarizados con la narrativa de su director les choque los cambios de registro y el desarrollo de algunos momentos de la historia. Algunas lecturas polarizadas y políticas que se han hecho del relato encapsulando su discurso.

 

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