Marriage Story: Expectativa Vs. Realidad

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Marriage Story: Expectativa Vs. Realidad

27 de diciembre de 2019

«Un choque donde, lejos de haber buenos y malos, asistimos a una tragedia donde todos son responsables de sus acciones y nadie sale ileso».

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

El cine se ha encargado de idealizar nuestra visión de la vida. Queramos o no, de manera inconsciente, los conceptos que tenemos de familia, amistad, trabajo y amor —sobre todo este último— poseen una suerte de barniz irreal gracias a las películas que hemos visto. Tenemos una disonancia cognitiva que nos hace embellecer o sobre dimensionar episodios del día a día, costumbre que a veces nos lleva a tomar decisiones desafortunadas: vivimos la realidad con las expectativas de la ficción. Como un descenso de la fantasía a la cotidianidad nos llega Marriage Story (Historia de un matrimonio), el nuevo largometraje del guionista y director Noah Baumbach. La más reciente apuesta de Netflix por el cine de autor de la que todo el mundo está hablando; un ejercicio de guión, dirección y caracterización que dejará a más de uno con el corazón hecho trizas y una sonrisa agridulce.

 

La historia comienza presentándonos a una familia, aparentemente normal —casi perfecta—, conformada por Charlie (Adam Driver), Nicole (Scarlett Johansson) y el pequeño Henry (Azhy Robertson). Ellos viven en armonía en New York, Charlie se gana al vida como director de teatro y Nicole como la actriz estrella de las obras de su esposo (encarnando ese hierogamo arquetipal al que muchos aspiran), su carisma y talento los erigen como la pareja ideal… una ilusión que se desmorona cuando descubrimos que están atravesando un proceso de divorcio. Lejos de ser una experiencia traumática y dolorosa, pareciera que Charlie y Nicole están llevando las cosas con bastante madurez y calma: se tratan como amigos y son respetuosos el uno con el otro. Por momentos, dan la impresión de que esto es una simple crisis y, eventualmente, volverán a estar juntos. Una burbuja que se rompe cuando Nicole se muda a Los Ángeles junto con su hijo y decide retomar su carrera como actriz en cine y televisión, generando conflictos con Charlie quien se encuentra en New York trabajando en el montaje más importante de su carrera. Las cosas se complican cuando Nicole conoce a Nora Fanshaw (Laura Dern), una abogada que la ayudará a terminar de finiquitar la separación y que desencadenará una guerra legal donde terceros harán que este matrimonio saque lo peor de ellos mismos.

 

Marriage Story es una suerte de mezcla entre Kramer vs Kramer, Blue Valentine y Revolutionary Road, pero con momentos de comedia involuntaria que le dan ese acabado particular que tienen las historias de Baumbach. Su narración se construye alrededor de personajes sólidos que chocan entre sí a través de acciones reales y paradójicas con las que nos podemos identificar. Su contexto es tan hermoso (Charlie y Nicole están en la cúspide de sus carreras, viviendo del arte que tanto les apasiona y al que le han dedicado toda su vida) y, al mismo tiempo, tan doloroso (se enfrentan a un matrimonio que se cae a pedazos con un hijo de por medio), que crea un lienzo donde su director se maneja con soltura entre risas, llanto, verdades dolorosas, ausencias, silencios y miradas que lo dicen todo… rehuyendo del melodrama y administrando con inteligencia pequeñas dosis de humor —casi absurdo— que nos hacen reír, pero no evitan que lloremos.

 

Lo que diferencia Marriage Story de sus posibles homólogas es la impronta de Baumbach como guionista y director, quien se pasea por momentos completamente naive —como una suerte de idealización cinematográfica de la vida, en un registro que recuerda a Jean-Luc Godard—, hasta escenas demoledoras donde la cámara y cualquier artificio desaparece para dejarnos frente a una pareja desnuda y vulnerable. Por instantes, su puesta en escena es casi  teatral —como un guiño al oficio en el que se desenvuelven sus protagonistas—, dotando a la película de un toque verité que nos hace sumergirnos de lleno en el drama que atraviesan sus personajes. Esta mezcla agridulce genera en el espectador sentimientos encontrados, creando un aire tragicómico que recuerda a maestros como Billy Wilder, Woody Allen, Pedro Almodovar o Juan José Campanella —genios en unir risas con lágrimas de forma natural. El gran éxito de Baumbach reside en poder llevar el relato de la idealización a la cruda realidad, reventado una burbuja de falsa madurez en la que estaba envuelta al matrimonio y dejándoles ver que, detrás de su máscara de perfección, hay egoísmo, resentimiento, rencores, infidelidades, distanciamiento, mentiras, inseguridades y, al mismo tiempo, amor, respeto, admiración, fantasías y sueños. Un choque donde, lejos de haber buenos y malos, asistimos a una tragedia donde todos son responsables de sus acciones y nadie sale ileso.

 

Su mayor mérito recae en las actuaciones de todo el cast (incluyendo los secundarios). El primero que se roba el show es Adam Driver, actor que ha sido estigmatizado por el público por su papel en Star Wars como Kylo Ren, pero que ha hecho cosas espectaculares junto con directores de culto como Martin Scorsese (Silence), Spike Lee (BlackKklansman), Jim Jarmusch (Paterson, The Dead Don´t Die) y Terry Gilliam (The Man Who Killed Don Quixote). Sin duda alguna, en Marriage Story logra uno de los picos de su trayectoria al brindarnos una caracterización llena de matices que van desde lo más pueril de una pelea, hasta cosas tan complejas como transmitirnos decenas de emociones solo con su mirada (ni hablar de la escena hermosa donde canta en el bar). Alejándose del histrionismo, Driver logra que nos creamos su personaje y podamos sufrir con él toda la tragedia que atraviesa, algo que es vital para la conexión con la película. A su lado tenemos a Scarlet Johansson que, si bien es cierto que la hemos visto desenvolverse en todo tipo de géneros y registros, tanto en el circuito mainstream como en el indie, acá nos regala una de sus mejores interpretaciones. Su arco dramático pasa por una mujer frágil y confundida que atraviesa momentos de mucha rabia y dolor, hasta terminar con la serenidad y candidez del perdón. Al final de la historia, ambos maduran y nos hacen entender como público la gran gamma de tonalidades por las cuales se pasea el amor, alejándonos de la visión maniquea de “felices por siempre” o “separados y olvidados”.

 

Alrededor de los principales, tenemos un grupo de personajes secundarios (como la compañía de teatro y la familia) que no terminan de asimilar la crisis de la dupla protagónica. A pesar de tener intervenciones puntuales y simpáticas, sirven como una especie de coro —al igual que en el teatro griego— que representa al público, dándonos una visión externa del conflicto interno que vive el matrimonio, permitiéndonos mantener la objetividad del relato en todo momento. En el otro extremo, Laura Dern le da vida una abogada —mitad amiga, mitad arpía— que sirve como excusa para que Nicole saque todo el dolor y reproches que tiene acumulados durante el juicio. Su contraparte es Ray Liotta —un tipo implacable y mercantilista— quien azuza a Charlie para que se defienda atacando a su ex donde más le duele sin ningún tipo de cortapisa. Más allá del diálogo épico de Dern sobre la maternidad —al top de lo mejor de este año— y de la actitud badass de Liotta —que parece uno de los gánster que otrora encarnó para Scorsese, pero versión abogado—, estos personajes son claves porque funcionan como un espejo donde los protagonistas proyectan su sombra y se hieren de forma indireccional, manifestando a través de ellos todo lo que quieren decirse, pero que son incapaces de hacerlo frente a frente. Dern y Liotta, con su frialdad y pragmatismo, encarnan esa “realidad” de la que Nicole y Charlie quieren huir, encargándose de destrozar la fachada romántica a la que el matrimonio se aferraba, llevándolos a un terreno que saca lo “peor” —y más auténtico— de la pareja y que permite que afloren verdades dolorosas, pero que son necesarias para que el ambos se perdonen.

 

En el apartado visual, Marriage Story es más funcional que preciosista. La dirección de Robbie Ryan se encarga de marcar la diferencia entre New York y Los Ángeles, mostrando la primera como un lugar frío, congestionado y distante (contrastando con los amigos de Charlie que, más que su grupo de teatro, son su familia y lo apoyan en todo momento) y haciendo que la segunda ciudad se sienta cálida, despejada y como un hogar (en oposición con la frivolidad, mercantilismo y conflictos que se viven en ella). Ryan, quien ha trabajado con Baumbach en varias ocasiones, renuncia a cualquier artificio que pueda distraer el foco de la historia de lo que realmente importa: los personajes, sus conflictos y transformaciones. Una decisión afortunada al mantener la “sinceridad” que la película transpira, alejándose de la vanidad estética —que muchas veces lleva a un snobismo que estropea el discurso. El otro gran acierto del largometraje es la música de Randy Newman (la saga de Toy Story, Cars, Monster University y The Meyerowitz Stories) que crea “momentos musicales”, a veces infantiles, otros románticos, pero que nunca apelan al melodrama ni busca acentuar las crisis (de hecho, los momentos más cargados a nivel dramático no tienen ningún tipo de musicalización), lo que genera un contraste de silencios duros y melodías tiernas emulando la vida de la pareja.

 

Marriage Story es uno de los trabajos más maduros de Baumbach. Alejándose de sus personajes excéntricos (como Greenberg o Frances Ha), manteniendo su foco en las relaciones interpersonales y familiares (como Margot at the Wedding y The Meyerowitz Stories) y saliendo de su querida New York (telón de fondo de casi todas sus historias), su director y guionista logra uno de los picos de su filmografía al nivel de The Squid and the Whale —sin lugar a dudas, su mejor obra. Parte de su éxito radica en relatar de forma episódica “momentos” del divorcio de una pareja, enfocándose exclusivamente en las interpretaciones, diálogos demoledores y momentos de contemplación, renunciando a cualquier pretensión estética. El resultado es una película que muchos critican por su “falta de veneno” en el uso del lenguaje cinematográfico —como si planos bonitos fuesen equivalentes a un manejo correcto de la narrativa—, pero que todos alaban por su naturalidad y acercamiento a las relaciones humanas. Driver y Johansson logran una de las mejores actuaciones de su carrera —lo que es decir bastante—, la pareja que encarnan se queda clavada en nuestro corazón por siempre. Marriage Story es de esas películas que, sin planteárselo, nos llevan a la introspección, haciéndonos reflexionar sobre la complejidad de las relaciones humanas. Su final le arrancará lágrimas a más de uno, alejándose por completo de cualquier efectismo —como La La Land— o vuelta de tuerca —como Atonement—, siendo completamente transparente frente al público. Su epílogo es lapidario y agridulce, como la obra de Baumbach y la vida misma. Una parada obligada para cualquiera que esté —o desee estar— en una relación. Todos hemos pasado la página. Todos hemos sido el fantasma de alguien. Todos tenemos mucho que perdonar y perdonarnos a nosotros mismos.

 

Lo mejor: la dupla protagónica de Scarlet Johansson y Adam Driver, los dos alcanzan un registro espectacular, de lo mejor de sus carreras. El personaje e interpretación de Laura Dern. Su último acto te destroza. Los momentos y diálogos dolosamente reales.

 

Lo malo: por su ritmo y registro (típico de Baumbach, una mezcla entre naive y verité ) puede que haga que a algunos le cueste entrarle a la historia. El personaje de Azhy Robertson puede llegar a ser exasperante (tanto por su construcción como su caracterización).

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