La redención de un alma perdida

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La redención de un alma perdida

24 de octubre de 2019

El Camino: A Breaking Bad Movie nos recuerda que nunca es tarde para aceptarnos, perdonarnos a nosotros mismos y comenzar desde cero. Logra algo que parecía imposible en un cierre de Breaking Bad: dejarnos con una sonrisa en la boca y un poco de paz en el corazón.

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

Luego de 6 años de la emisión de su episodio final, es muy poca la luz nueva que podemos arrojar sobre Breaking Bad. Catalogada como una de las series más sobresalientes de la historia de la televisión, el Opus Magnum de Vince Gilligan posee uno de los arcos narrativos más sólidos y mejor desarrollados que hemos visto en pantalla, personajes tridimensionales y memorables, actuaciones excelsas de todo el cast, capítulos épicos que quedaron grabados en la memoria de sus espectadores para siempre, decenas de premios y, lo más importante, un lugar especial en el corazón de todos. Hasta el sol de hoy, es una referencia dentro de la cultura pop y son pocos los que al finalizarla no se quitan el sombrero y afirman que es una verdadera obra maestra. Es por eso que, cuando en 2018 se anunció la posibilidad de una película, todos sus seguidores se quedaron impávidos. Dejando a un lado su spin off, Better Call Saul, ¿qué más se podría contar luego de un final perfecto como el que tuvo la serie? Rumores invadieron las redes, hasta que su creador nos reveló la trama de esta nueva entrega y asumió las riendas del guión y la dirección. Es así como este mes, después de mucha anticipación y un enorme hermetismo alrededor de su producción, llega a Netflix El Camino: A Breaking Bad Movie, un largometraje que funge como el epílogo de uno de los personajes más queridos de esta historia: Jesse Pinkman.

 

El Camino comienza exactamente en el mismo punto en el que nos dejó el último capítulo de Breaking Bad: Jesse Pinkman (Aaron Paul) acaba de escapar de las garras de sus captores luego que Walter White (Bryan Cranston) los ejecutara a todos y se sacrificara para protegerlo. Quebrado física y psíquicamente, Jesse huye a toda velocidad del sitio mientras los medios de comunicación están conmocionados por la “masacre” que desató Walter y acusan a nuestro protagonista de ser su cómplice, azuzando a la búsqueda policial para llevarlo tras las rejas. Es así como Jesse comienza su huída completamente solo, contando con el apoyo puntual de varios personajes, mientras que, en paralelo, conocemos parte de los horrores que vivió bajo el yugo del grupo de neonazis que lo explotaron durante meses. Sin siquiera poder asimilar las últimas horas de su vida (donde casi muere, perdió a su socio/victimario/figura paterna Walter y asesinó con sus propias manos a Todd), Jesse intenta hacer de tripas corazón y se esfuerza en salir adelante, aprovechando su única oportunidad para escapar del espiral de violencia que lo destruyó.

 

Si bien es cierto que el cierre de Breaking Bad es impecable, hay algo que quedó rondando en la mente de los espectadores: ¿qué será de la vida de Jesse? El final abierto que le dio Vince Gilligan nos hizo fantasear con cientos de posibilidades de redención para el joven luego de los horrores que vivió, pero había una necesidad por parte de todos de tener algún tipo de certeza sobre su futuro. Durante los 62 capítulos de la serie, Jesse fue, sin lugar a dudas, el personaje que más sufrió. Su arco dramático pasa por la adicción a todo tipo de drogas, desconexión de sus padres, la muerte de las mujeres que amó y ser la víctima número 1 de las mentiras de Walter White (paradójicamente, lo más cercano a una figura paterna que llegó a tener). Si a esto sumamos las palizas que recibió en más de una ocasión y todos los maltratos físicos y psicológicos durante su cautiverio (obligado a cocinar metanfetaminas por el grupo que terminó ejecutando a su segunda novia), tenemos que coincidir que si algún personaje merecía una “segunda oportunidad” para ser feliz es Jesse.

 

Desde que comienza El Camino, Netflix nos hace un resumen de los 62 capítulos de Breaking Bad desde la perspectiva de Jesse, colocándonos en contexto y arrancando la historia como si fuese un capítulo más (una suerte de “especial” de 2 horas), encajando desde los primeros minutos como una pieza más en el armado perfecto que hizo Vince Gilligan de la serie (pero dejando bastante claro su tono de epílogo). Aunque El Camino nos da información “nueva”, el mayor atractivo de esta película es ponernos, por primera vez, en los pies de Jesse sin que esté bajo la sombra de Walter White. Un reto bastante grande para Gilligan (su guionista y director) al decidir contar una historia tan extensa, prescindiendo de su personaje principal y mayor atractivo. Lejos de alejarse del canon, Gilligan se decantó sabiamente por lo seguro e hizo del largometraje una experiencia complementaria de Breaking Bad. Es por eso que reunió a un Crew con el que trabajó previamente en algunos capítulos de la serie y Better Call Saul, pero que no fuesen sus colaboradores habituales. Esto le da El Camino un acabado visual que se siente bastante familiar, pero, al mismo tiempo, diferente —casi autónomo. La Dirección de Fotografía de Marshall Adams es hermosa y evoluciona con Jesse durante toda su travesía, pasando de la aridez del desierto por la oscuridad de la noche hasta la blancura de la nieve. El Montaje de Skip Macdonald atrapa el ritmo particular de Breaking Bad que pasa por secuencias agresivas, generar momentos de tensión y alternar con incisos que nos permiten contemplar el paisaje y usarlo como un elemento narrativo más. El  Diseño de producción de Judy Rhee (la única que no trabajó en la serie, pero sí en Better Call Saul) se dio a la tarea de crear nuevos espacios, manteniendo la paleta de colores habitual, pero añadiendo tonalidades que dotan a El Camino de una identidad propia. El resultado es un engranaje que funciona con precisión, conducido por el showrunner de siempre e hilado por la maravillosa música de Dave Porter (compositor de toda la banda sonora de Breaking Bad).

 

El guión de El Camino posee guiños a varios momentos de Breaking Bad, pero tiene, al mismo tiempo, su impronta. Esto se logra al conectar su fuente primigenia a una mezcla de subgéneros como el Road-Movie, Neo-Western, Crime y Drama, saltando de uno a otro, honrando sus convenciones y dándole al relato unos matices en su desarrollo que lo hacen bastante dinámico. Como cualquier episodio clásico de la serie, la narración oscila entre flashbacks que redimensionan la información que tenemos del presente —hilados con elipsis—, pausas para que se desarrollen “momentos reales” y podamos disfrutar de planos generales del pueblo y desierto, casi poéticos, invitándonos a la contemplación, para luego saltar de golpe a escenas con mucho suspenso o con grandes dosis de violencia. Otro detalle que marca la diferencia entre El Camino y Breaking Bad es el uso del silencio. Mientras que la serie es harto conocida por sus diálogos épicos (muchos referentes de la cultura pop), la película es mucho más parca en este apartado y no gasta líneas en exteriorizar o justificar a su protagonista, enfocándose en acercarnos a Jesse y que lo acompañemos mientras intentamos descifrar el caos que pasa por su cabeza. Una decisión que le otorga al largometraje un feeling más cinematográfico.

 

Gran parte del éxito de esta apuesta pasa por la maravillosa actuación de Aaron Paul. Lejos de encarnar al Jesse de siempre (impulsivo, grosero e inmaduro), su personaje se transforma delante de nuestros ojos en las 2 horas de metraje, pasando de un joven asustado y huidizo a un adulto que, de golpe, le caen todos los años del mundo encima y se vuelve responsable de sí (hasta el punto de tomar acciones y decisiones que jamás pensaríamos). Si en Breaking Bad el registro actoral de Paul se desplegó como un abanico variopinto, en El Camino brilla más que nunca y se luce sin depender de otra figura a su lado para interactuar. De hecho, durante la mayoría de la película Jesse está solo, un reto enorme para cualquier actor, y que Paul encarna de forma impecable apoyándose en su mirada dolorosa, transformación física y voz quebrada. Otra gran sorpresa de El Camino es la presencia de Todd (Jesse Plemons) en la historia. De lejos, uno de los personajes más odiados de la serie y que jamás pensamos que sería una de las piedras angulares de la narración. Por supuesto, la mención especial se la lleva Robert Forster que, en pocos minutos en pantalla, crea un personaje al mejor estilo de Breaking Bad y que nos regala como su último legado en las pantallas.

 

El Camino es un buen episodio de Breaking Bad de 2 horas. Funciona perfectamente como epílogo (en todo el sentido de la palabra) del arco dramático de Jesse y en ningún momento desentona con el canon del que se desprende. No obstante, posee una mezcla de subgéneros dentro de sí y una estética particular que la hace brillar como una pieza única (algo parecido a esa hermosa rareza que es el episodio Fly). Aaron Paul se luce desde el primer segundo y lleva la película a buen puerto técnicamente solo y sin verse opacado por la sombra de Bryan Cranston (algo que pareciera difícil a vuelo de pájaro). Los que se acerquen a este largometraje buscando un pico dramático como Ozymandias, One Minute o Face Off pueden salir decepcionados; en términos de estructura, podríamos ver FeLiNa (el último capítulo de la serie) como el clímax de la historia y El Camino como la resolución de la subtrama de un personaje grandioso como lo es Jesse Pinkman. Sea cual sea el caso, es reconfortante para todos los seguidores de Breaking Bad tener una excusa para ver en pantalla de nuevo a varios rostros conocidos y que extrañábamos. Después de todo lo que pasó Jesse durante el desarrollo de la serie, es una belleza que Vince Gilligan haya decidido darle una oportunidad para que se redima. Al final del día, El Camino nos recuerda que nunca es tarde para aceptarnos, perdonarnos a nosotros mismos y comenzar desde cero. Logrando algo que parecía imposible en un cierre de Breaking Bad: dejarnos con una sonrisa en la boca y un poco de paz en el corazón.

 

Lo mejor: Vince Gilligan supo mantener el equilibrio entre el espíritu de Breaking Bad y la inclusión de nuevos elementos narrativos y estéticos, dándole a El Camino un acabado especial. El regreso de varios personajes que amamos. El cierre del arco dramático de Jesse.

 

Lo malo: muchos proyectarán en El Camino la necesidad de subir la barra de la serie cuando realmente es un epílogo. El cambio de peso de Jesse Plemons es imposible de evadir. Quedas con ganas de ver a personajes que no salieron en la película y que pudieron aparecer.

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