Jojo Rabbit: bailando entre las cenizas

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Jojo Rabbit: bailando entre las cenizas

21 de enero de 2020

“… una película que, lejos de ser un panfleto anti-nazi o una reflexión sobre los conflictos bélicos, nos habla sobre nuestra propia humanidad, nuestra capacidad de amar, perdonar y vivir la belleza de cada momento”.

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

Sin lugar a dudas, uno de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad es la Segunda Guerra Mundial. Tales fueron los horrores que el Holocausto desató que, hasta el sol de hoy, sigue siendo uno de los contextos más representados en la pantalla grande. Desde la visión heroica del campo de batalla (Fury, Dunkirk, Hacksaw Reach, Saving Private Ryan, The Thing Red Line o Patton), las pequeñas y poderosas historias de las víctimas de los conflictos (Empire of the Sun, Roma ciudad abierta, La infancia de Iván, Schindler´s List, The Pianist, Son of Saul, The Tim Drum o The Boy in the Striped Pyjamas), hasta un género que pareciera imposible de desarrollar en un contexto tan cruel: la comedia (Inglourious Basterds, The Great Dictator, La Vida es bella, Operation Petticoat o Biloxi Blues). Intentando establecer una media, podríamos decir que se estrenan 2 películas al año referentes a este hecho (solo en ficción el número supera los 200 títulos); además, muchas tienen el sello de realizadores de culto lo que hace que engrosen las listas de lo mejor del séptimo arte. Gracias a la cantidad enorme de relatos alrededor de la Segunda Guerra Mundial y toda la filmografía que la ha precedido, podríamos creer que el público lo ha visto todo… o casi todo. Sorprendiéndonos por su mezcla atípica entre comedia y drama, llega a cartelera Jojo Rabbit, el nuevo largometraje del polifacético Taika Waititi, una visión mordaz y muy humana de este conflicto bélico.

 

Inspirada en la novela de Christine Leunens Caging Skies, la película se desarrolla en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Allí conocemos a Jojo (Roman Griffin Davis), un niño de 10 años, inocente y soñador, que idealiza la figura de Hitler hasta el punto de tenerlo como amigo imaginario (Taika Waititi). Con un padre ausente, una hermana fallecida y una madre (Scarlett Johansson) que se la pasa fuera de casa, Jojo vuelca todas sus ilusiones en participar en la Hitler-Junged, proyectando en el partido su frágil ego infantil. En su primer día en el campamento, gracias a la negligencia de los adultos encargados (Sam Rockwell, Alfie Allen y Rebel Wilson), el chico sufre un accidente que lo manda de regreso a su casa, eximiéndolo de ir a la guerra y obligándolo a realizar labores menores en el pequeño pueblo en el que vive. La historia comienza cuando Jojo descubre que su madre esconde a una adolescente judía (Thomasin McKenzie) en el cuarto de su difunta hermana, generándole dilemas que lo harán cuestionarse su identidad y sacudirán su visión del contexto en el que vive.

 

La mente maestra que da vida a una premisa tan arriesgada como la de Jojo Rabbit es Taika Waititi, uno de los realizadores más interesantes que tenemos en el panorama de la comedia contemporánea. Director, guionista, productor y actor, ha rodado cortometrajes, mockumentaries, series de televisión y largometrajes que le han permitido moverse desde el circuito Indie hasta los más pop (como el Universo Cinematográfico de Marvel y Star Wars). Su impronta combina el humor físico, el absurdo, el histrionismo, la parodia, la sátira, el juego de palabras y el drama; una mezcla que por momentos recuerda a lo mejor de Mel Brooks, Monty Python, Charles Chaplin, Buster Keaton, Woody Allen, Charlie Kaufman, Spike Jonze, Michel Gondry, entre muchos otros. Sus historias poseen una agudeza especial que se esconde detrás de una máscara de inocencia y humor involuntario que sirve como excusa para poner en movimiento argumentos extraños que nos hacen reír a carcajadas y, al mismo tiempo, nos llegan director al corazón. Definitivamente, Jojo Rabbit es uno de los mejores exponentes de su trabajo y uno de los más arriesgados dentro de la filmografía del realizador. Su dirección se caracteriza por generar chistes retratando en un mismo plano dos acciones incongruentes que suceden en paralelo (como niños lanzando granadas “supervisados” por un adulto alcohólico, Hitler cenando un unicornio mientras Jojo se muere de hambre o un militar en pleno campo de batalla como una drag queen mientras acribillan a sus tropas de ancianos y chicos), juego de velocidades para exagerar los rasgos de las situaciones, la utilización del montaje para rematar chistes (al mejor estilo de Edgar Wright) y, por supuesto, el hacer que el público asuma una perspectiva infantil permitiéndose ciertas licencias para “protegernos” del horror y acentuarlo cuando es necesario. En Jojo Rabbit el montaje de Tom Eagles (What We Do in the Shadows y algunos episodios de Ash vs Evil Dead) potencia toda la propuesta narrativa de Waititi, creando secuencias frenéticas (emulando la hiperactividad de un niño) e intercalándolas con escenas que cambian el registro de golpe, pasando del drama al suspenso, generando tensión y rompiéndola en cualquier momento con un chiste —para luego rearmarla en pocos planos sin problema. Gracias al ritmo que posee el metraje, la dupla Eagles-Waititi hace que los momentos más emotivos de la historia fluyan, sumergiéndonos en el drama, pero sabiendo cuándo sacarnos una sonrisa sin estropear el mood.

 

Más allá de su alocada premisa, el guión de Waititi explora diversos temas con muchas capas de complejidad. En un primer nivel, tenemos una historia intimista sobre el paso de un niño a la adolescencia (proceso doloroso donde la búsqueda de la identidad, la perdida de la inocencia y el cuestionamiento del status quo está siempre presente). En segundo lugar conseguimos la relación entre madre e hijo, donde Rosie intenta cuidar a su pequeño enseñándolo a ser independiente, confrontándolo con las atrocidades de la guerra, pero sin hacerle renunciar a su lado infantil; en la otra antípoda, Jojo lucha por conciliar la imagen de un padre ausente que es visto como un héroe con la de una madre que resulta ser una traidora del régimen que él defiende ciegamente. Por último, tenemos el choque entre el fanatismo de Jojo con Elsa, la joven judía que termina transformándose en su primer amor; es en este punto donde entran en juego los prejuicios que se desbaratan desde la perspectiva lúdica de un niño que cree jugar a la guerra sin tener una verdadera perspectiva de lo que es La Guerra. Elsa no solo encarna el primer amor de Jojo, ella será uno de los puntos claves en su proceso de maduración al enseñarle —de forma indirecta— a tomar decisiones por sí mismo y a ver las cosas desde una óptica más racional. Por si fuera esto, todos estos cambios ocurren teniendo como telón de fondo un pueblito idílico donde observamos todas las incongruencias de un régimen totalitario que se viene abajo (su extrema crueldad, la ausencia de función de realidad, el protocolo absurdo frente a los niños, el lavado de cerebros y las figuras que nacen en este contexto) y cómo esta tragedia colectiva termina afectando a un nivel muy personal a Jojo sirviendo como catalizador para hacerlo madurar de golpe. Todo este engranaje funciona gracias a la pericia que tiene Waititi en llevarnos de la mano por una verdadera montaña rusa de emociones. Al principio de la película todo parece una comedia absurda, naive, fantasiosa y con un humor muy incorrecto… pero, poco a poco, el relato va mutando en una pesadilla donde el público, al igual que Jojo, va perdiendo su ingenuidad, intercambiando risas por lágrimas y asimilando a un nivel bastante personal todos los horrores de la guerra.

 

Dejando a un lado la impronta de su realizador, una de las grandes virtudes de Jojo Rabbit son las actuaciones. Roman Griffin Davis le da vida a un personaje que, a pesar de ser un niño, es sumamente complejo al estar atravesando el paso de la infancia a la adolescencia. Gracias a su talento y carisma, el público conecta rápidamente con él y asume su perspectiva, pasando de ser un chico juguetón e ingenuo a volverse un adulto con el corazón destrozado (siendo consistente en los momentos más duros ni perder la candidez). Scarlett Johansson brilla en su papel de madre tierna y aguerrida al lado de su hijo, ella encarna la dualidad de ser madre y mujer, de soñar y estar anclada a tierra, regalándonos escenas maravillosas y llevando a Rosie al top de sus mejores papeles. Thomasin McKenzie es otra de las grandes luminarias del relato y que cumple un rol fundamental en la evolución del protagonista (al ser un lienzo de proyecciones para él). Su interpretación de Elsa es sumamente interesante, por ser la única figura pesimista y que sufre las consecuencias directas del nazismo, dotándola de una sensibilidad especial y acentuando su cambio de una adolescente demasiado madura para su edad a una niña que recupera parte de su inocencia perdida gracias a su dinámica con Jojo. De Waititi hay poco que hablar: su papel como Adolf es otra de las bellezas de este largometraje. Él encarna el mundo de fantasía de Jojo, dándole a su personaje un histrionismo tan grande que se nos hace digerible —no es fácil ponerse en la piel de un dictador que ejecutó a millones de personas en plan chiste—, sus diálogos y actitud infantil frente a al protagonista nos hacen sentir que son dos niños jugando lo que termina por romper cualquier resistencia frente a él (y sus guiños a El Gran Dictador de Chaplin le sacarán muchas sonrisas a los cinéfilos). Los pequeños papeles que personifican Sam Rockwell (un militar venido a menos, alcoholizado y gay), Rebel Wilson (una fanática ingenua, machista y medio tonta) y Archie Yates (el mejor amigo de Jojo, sin lugar a dudas, el más tierno, inocente y entrañable de todos), son tan sólidos y bien construidos que jamás se ven opacados por el resto y cumplen con su función de robarnos el corazón. Su ensamblaje en el conjunto los hace parte del todo, sus incongruencias le dan profundidad al contexto en el cual se desarrolla la historia y sus chistes nos ayudan a liberar tensión y darle una doble lectura a ciertos momentos de la película potenciando su discurso.

 

Regresando al apartado visual, el diseño de producción de Ra Vincent (What We Do in the Shadows, Thor: Ragnarok) le da a Jojo Rabbit una impronta única. Más allá de ambientar todos los espacios y emular la época, su verdadero ingenio está en tomar toda la iconografía, vestuario y setting Nazi para infantilizarlo, alimentando ese tono de “fantasía” que tiene el la visión del mundo de Jojo. Además, crea una paleta de colores que se complementa con la fotografía, dándole a la historia ese tono que suelen tener las comedias de Waititi. De hecho, la cinematografía de Mihai Malaimare Jr. (The Master, Sleepless, A Walk Among Tombstone y Pariah), quien se aleja por completo de su registro habitual, también se decanta por usar una iluminación cálida y colorida, como si fuese una película para niños o una comedia romántica. La dupla de Vicent y Malaimare Jr. le da vida y color a un pueblito invadido por nazis durante la Segunda Guerra Mundial, retratándolo como un lugar hermoso y que se siente como un hogar en circunstancias “normales” (marcando una gran diferencia con la fotografía oscura y dramática que suele conseguirse en las historias ambientadas en conflictos bélicos). La guinda la pone la música de Michael Giacchino (Spider-man: Far From Home, Incredibles 2, Zootopia, Inside Out) que crea temas lúdicos que nos ayudan a sentirnos como niños y, al mismo tiempo, resaltan el contraste del setting nazi. Por supuesto, no podemos dejar de lado las versiones de The Beatles, Ella Fitzgerald, Tom Waits y David Bowie, que disfrutamos en la historia (y que dotan al relato de nuevas capas de significado).

 

Jojo Rabbit no es otra película sobre los horrores de la Segunda Guerra Mundial, es mucho más que eso. Es una historia sobre la maduración, la pérdida de la inocencia, el fanatismo, la familia, la amistad, el primer amor, la creación de la identidad, la muerte y conseguir nuestro lugar en el mundo. Al igual que La vida es bella, Finding Neverland y El laberinto del Fauno, Waititi usa el contraste entre realidad y fantasía para cautivar al público y aumentar la conexión emocional con la historia de forma inteligente (usando como piedra angular el humor). Disfrazada de sátira y mezclando risas con crueldad, toca temas universales con los que todos podemos identificarnos, al mismo tiempo que pone el ojo en los males que siguen acosando al mundo moderno (como la intolerancia, los prejuicios, los regímenes totalitarios, la homofobia, el racismo y la violencia). Absolutamente todos sus actores encarnan personajes hermosos y entrañables, lo que garantiza nuestra empatía con ellos a cada instante. Waititi se luce en le guión y la dirección, llevándonos por todos los matices de la comedia —física, intelectual, sátira, parodia— y el drama —personal, familiar, colectivo y el trágico destino de todos: la muerte. Más allá de su puesta en escena naive para hacernos digeribles las atrocidades e injusticias del campo de batalla o la capacidad de mezclar en un solo plano carcajadas y lágrimas, el desarrollo de su historia logra unir dos mundos que, aunque parecen divorciados suelen estar más juntos de lo que creemos: la realidad y la fantasía, la risa y el llanto, la niñez y adultez, la vida y la muerte, el amor y la guerra. El resultado final es una película que, lejos de ser un panfleto anti-nazi o una reflexión sobre los conflictos bélicos, nos habla sobre nuestra propia humanidad, nuestra capacidad de amar, perdonar y vivir la belleza de cada momento. Lecciones que pocas veces disfrutamos en pantalla y con una carga emocional tan fuerte que dejará a más de uno conmovido al final de la proyección. Al igual que Jojo, entramos a la sala como unos niños viendo un mundo de fantasías y terminamos transformados en adultos capaces de reconciliar sus opuestos y valorar la hermosa paradoja que representa estar vivos y poder bailar a pesar de las cenizas a nuestro alrededor. Un acto heroico, “extremadamente peligroso” y hermoso que se libra a diario en el campo de batalla más importante de todos: nuestra psique.

 

Lo mejor: el desarrollo de la historia y sus vueltas de tuerca. Las actuaciones de todo el cast y los personajes a los que dan vida. La dirección de Taika Waititi y su capacidad de mezclar géneros en cada plano. Su último acto, de los más hermoso del cine contemporáneo.

 

Lo malo: a pesar de sus múltiples nominaciones en la temporada de premios y los actores laureados que tiene en su reparto, puede que por su alocada premisa y promoción la gente la reduzca a una comedia disparatada cuando es, realmente, muchísimo más que eso.

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