El Hoyo: los de arriba, los de abajo y nosotros

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El Hoyo: los de arriba, los de abajo y nosotros

3 de abril de 2020

En la época de cuarentena que vivimos, no solo es una experiencia catártica sobre el encierro, también es una reflexión sobre los sistemas que vemos colapsar en la actualidad y nuestra posibilidad de mantener nuestra humanidad hasta el los contextos más adversos.

Crítica por: Luis Bond

 

Vivimos tiempos aciagos que superan la ficción. El confinamiento al que nos ha sometido el Covid-19 (Coronavirus) ha hecho que muchos se lancen a las plataformas de streaming en búsqueda de series y películas para hacer binge watching y olvidarse, por unas horas, de la pesadilla que viven. Por supuesto, una plataforma como Netflix está consciente de esto y entre su catálogo de títulos incluyó una selección sobre pandemias y zombies para que el colectivo pueda exorcizar sus miedos en la pantalla. Entre ellos, tocando de refilón temas neurálgicos en estos días (la crítica social, el aislamiento y el descontento con los gobiernos), conseguimos El Hoyo (The Platform), la ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia. Una historia distópica con ecos de El Proceso de Kafka que se sostiene sobre una premisa interesante y una puesta en escena minimalista. Ingredientes que, gracias a su efectismo e irregular desarrollo, han desatado una serie de debates en redes debido a un su discurso pseudo-críptico e incendiario que, rápidamente, caló en la sombra del colectivo.

 

El Hoyo nos cuenta la historia de Goreng (Ivan Massagué), un hombre que un día se despierta en un cuarto vacío y con un agujero en el centro que parece infinito cuando se mira hacia arriba y hacia abajo. A su lado se encuentra Trimagasi (Zorion Eguileor), un señor mayor y malhumorado, que parece estar al tanto de cada detalle de esta extraña situación y que termina explicándola a regañadientes. Ambos están encerrados en “El Hoyo”, una especie de reclusorio vertical organizado por pisos y que aloja una pareja de prisioneros en cada uno. Algunos están allí por haber cometido un crimen, otros de forma voluntaria para obtener algún beneficio de la “Administración” (los creadores de este extraño régimen). Lo que hace difícil la supervivencia en este espacio es su dinámica: una vez al día una plataforma llena de comida va bajando desde el piso 1 hasta el 333, deteniéndose 2 minutos en cada nivel, para que las parejas que habitan en él puedan alimentarse apresuradamente. Mecanismo que favorece a los reclusos de los primeros pisos, obligando a los que están en los intermedios a rebuscar entre las sobras que dejaron los de arriba y condena a los que están más abajo a morir de inanición y ceder a la locura. Como el centro de este sistema es la comida, “El Hoyo” no penaliza el asesinar, torturar o volverte un canibal, lo único que es castigado —con una muerte lenta y dolorosa— es que la gente guarde comida. Para sumarle perversidad a esta dinámica, los reos son cambiados al azar mensualmente de nivel, lo que quiebra su psique y pone en riesgo su supervivencia.

 

Valiéndose de un setting a mitad de camino entre Saw y Cube, El Hoyo explora temas que ya hemos visto, con mayor sutileza y mejor desarrollo, en largometrajes como Snowpiercer, Brazil o Soylent Green (herederas y homólogas directas de la literatura de George Orwell, Aldous Huxley, Ray Bradbury y Phillip K. Dick). Su puesta en escena se inspira en lo mejor de Luis Buñuel (desde el encierro claustrofóbico de El Ángel Exterminador, pasando por los personajes freaks de El discreto encanto de la burguesía, hasta la cena de Viridiana), lo que la dota de un aire onírico y familiar que atraerá a los amantes del surrealismo. A pesar de poseer una combinación de referentes que le dan cierto atractivo, El Hoyo no llega a buen puerto, entrando en esa larga fila de películas donde la forma se come al fondo y el tema se vuelve un panfleto que va en detrimento del guión. Su principal defecto es perder la ambigüedad de su universo (donde radicaba su mayor fuerza) y vomitarnos una cantidad de detalles sobre su funcionamiento en diálogos expositivos a través de sus personajes secundarios (que interpelan al protagonista sobre cuestiones personales, sociales y metafísicas, a veces de forma orgánica y otras en monólogos donde se deja entrever cierta pedantería intelectual de sus guionistas). Esto hace que, en los primeros minutos, el “misterio” —y mayor atractivo— de “El Hoyo” sea revelado y que, de ahí en adelante, asistamos a un espectáculo de crueldad por el que circulan seres extravagantes y que solo se sostienen por el hilo conductor del delirio mesiánico de su protagonista (que, sin ningún tipo de fundamento, quiere trastocar un sistema que ni siquiera comprende del todo). Así, el espectador es sometido a ver una dinámica sin sentido donde Goreng intenta sobrevivir, perdiendo su humanidad, pero teniendo una suerte de revelación luego de su descenso a los infiernos traduciéndose en una especie de redención que no termina de ser creíble.

 

Dejando a un lado la irregular distribución de información en la historia, el otro de los males que socava las potencialidades de El Hoyo es el desarrollo de sus personajes (aunque las actuaciones de su elenco funcionan mucho mejor de lo que uno podría esperar). Su puesta en escena casi teatral se transforma en un arma de doble filo que termina exponiendo sus fallas, al confinar el guión del largometraje a dos grandes pilares: diálogos pomposos sobre la desigualdad social y escenas macabras donde el asco y la violencia se yuxtaponen. Columnas que no pueden ser sostenidas por su protagonista y secundarios que terminan creando un hueco en la quilla de un barco a la deriva. Goreng dista mucho de tener la profundidad de un Winston Smith en 1984; entra al El Hoyo acompañado de un ejemplar de Don Quijote de la Mancha, con la esperanza de dejar de fumar y obtener un título homologado al final de su estadía y termina transformándose en un redentor que se sacrifica “por el bien de todos” (recorriendo un arco que pasa por grandes transformaciones sin mayor sustento y que sólo se explican a través de secuencias, alucinaciones y diálogos con otros personajes). Como es de esperarse, los secundarios no son la excepción y comparten un destino parecido. Miharu (Alexandra Masangkay) pasa de madre asesina en busca de su hija a ser reducida a interés romántico de Goreng luego de un par de encuentros fortuitos. Baharat (Emilio Buale), equipado con una cuerda y a pocos niveles de una posible salida, se vuelve un Sancho Panza que acompaña el delirio quijotesco del protagonista sin ningún tipo de justificación luego de una conversación bastante floja. Lastimosamente, los 2 personajes que tenían mayor potencial, terminan transformados en espectros que acosan a Gooreng, alimentando el discurso maniqueo del guión… por supuesto, me refiero a  Imoguiri (Antonia San Juan) y Trimagasi. La primera representa al funcionario compungido por trabajar para la Administración y que termina dentro de El Hoyo intentando hacer algo útil y crear conciencia para redimir sus pecados (una crítica poco sutil sobre la ineficiencia de ciertos sistemas que, disfrazados de panaceas, destrozan a los que hacen vida en él y que, con el pasar del tiempo, se vuelven hidras imposibles de detener por sus creadores arrepentidos). El segundo encarna al hombre curtido por las vicisitudes del contexto, ese que ha experimentado el horror en carne propia y entiende a qué se está enfrentando, despojándose de toda empatía y humanidad para poder sobrevivir.

 

Como sostiene una de las máximas del séptimo arte: show me, don´t tell me, el desprecio contra el establishment que pregona El Hoyo es mucho más efectivo cuando la vemos gracias al setting de la historia y no cuando sus personajes lo predican. Curiosamente, a pesar de su discurso unilateral y reiterativo, el largometraje no responde ciertas dudas que, razonablemente, el espectador espera ver resueltas: ¿Quién es la “Administración?, ¿qué sentido tiene “la panna cotta/mensaje/niña?, ¿por qué Goreng actúa como un mesias? Incógnitas que revelan la vacuidad argumental que esgrime la película, dejando entrever que El Hoyo se hace preguntas demasiado complejas y cuyas respuestas no pueden resolverse con su propuesta binaria. Es por eso que opta por un final abierto y ambiguo, pecando de pretenciosa y queriendo darle robustez a su discurso utilizando referencias a la Divina Comedia, la Biblia y Don Quijote de la Mancha, creando un sistema críptico de significados rebuscados y pseudo intelectuales que sirven para fascinar a los incautos, adornado con un final mesiánico que calza  a la perfección con el imaginario occidental y su mono mito del héroe/redentor (mindset que, dicho sea de paso, ha sido la gran desgracia de todos los países que sufren de las malas gerencias de su “Administración”). Independientemente del fatídico —y decepcionante— final de su protagonista y el montaje diacrónico para jugar con el público y la mentada pana cotta/mensaje/niña (que solo sirve para increpar a la Administración, pero que no resuelve nada), El Hoyo tiene un efecto de shock en algunos espectadores que no están acostumbrados a este tipo de propuestas —y menos en Netflix— y que es responsable de toda la conversación que se ha generado alrededor de ella. Lastimosamente, el resultado termina siendo un receptáculo de proyecciones más que otra cosa (donde cada quien esboza la teoría que más le gusta y arma su propio desenlace sobre el vacío).

 

De hecho, el largometraje deja de lado el símbolo más potente de su discurso: la unión de opuestos o, como reza la máxima hermética, como es arriba es abajo. Un axioma que desarrolla a través de la Administración que, como las Moiras o La Rueda de la Fortuna, parece creada para encarnar este principio de Destino. Algo que queda bastante claro, sin ningún tipo de explicación, al ver la conducta que tienen los que están en los niveles superiores en relación a los de abajo, sabiendo que el próximo mes las cosas pueden invertirse. De esta manera La Administración puede otorgar o quitar favores a su antojo, sacando lo peor de sus cautivos, transformándolos en meros peones del azar, animales que se mueven por sus instintos básicos y se despojan de toda humanidad, haciendo que los presos se maten entre ellos antes de siquiera pensar en rebelarse contra el sistema que los destruye. Un símbolo poderoso que se reduce a una retahíla de explicaciones torpes, gracias al discurso político de una suerte de Mandela en silla de ruedas que, al mejor estilo Deus ex machina, desmantela en pocas frases el funcionamiento de la Administración (dando una solución, dicho sea de paso, completamente inverosímil dentro del contexto del guión).

 

Por supuesto, hay que destacar el principal atractivo de El Hoyo: su propuesta visual. Para ser una ópera prima y trabajar con con una puesta en escena minimalista, Galder Gaztelu-Urrutia hace una excelente labor para mantenernos en tensión, recrear la claustrofobia de la prisión, pero sin aburrirnos con ella (sin lugar a dudas, será un director que nos dé mucho de qué hablar en el futuro). Parte del éxito de su propuesta se debe al montaje de Elena Ruiz (The Impossible, Eva, El Orfanato) y Haritz Zubillaga, dupla que le imprime dinamismo a la historia, articulando secuencias que juegan con nuestra percepción del tiempo, alternando escenas de delirios con la crudeza de la realidad, creando una danza hipnótica que visualmente nos sumerge en el universo del guión. Otro de los elementos llamativos de El Hoyo es la cinematografía de Jon D. Domínguez (Open Windows), quien se encarga de transmitir en espacios idénticos diferentes “ambientes” (generando tensión al pintar de rojo la noche y los momentos oníricos, iluminando un poco más los pisos de arriba y haciendo más oscuros los de abajo) y jugar con la composición para no aburrirnos de estar siempre en el mismo lugar. Definitivamente, quien se lleva al guinda es el diseño de producción de Azegiñe Urigotia, quien logra construir con pocos espacios (la entrevista de Goreng, la cocina y las celdas) un universo completamente verosímil, lo mismo que remarcar el contraste entre la pomposidad de la Administración al preparar los platos y presentarlos, en contraposición a los presos sucios y que se abalanzan sobre la mesa como animales. Por último, la banda sonora de Aránzazu Calleja crea una atmósfera musical envolvente con un tema que se queda atascado en nuestra cabeza, pero del que se abusa constantemente (teniendo música presente en todo momento, a pesar de haber escenas en las que la tensión es tal que la banda sonora termina distrayendo más que aportando valor a lo que sucede).

 

El Hoyo es una película extraña. Su principal atributo recae en su premisa atractiva (con ecos de Kafka, Buñuel y Gilliam), su ambigüedad a la hora de retratar el universo donde se desarrolla y en crear una atmósfera frikeante. El desarrollo de su guión nos mantiene constantemente preguntándonos hacia dónde va la historia y hasta dónde es capaz de llegar el hombre cuando es despoja de su dignidad por un sistema creado para quebrarlo usando la necesidad más básica de todas: comer. Lastimosamente, sus guionistas se decantan por poner en diálogos sus ideas, lejos de permitir que el espectador las rescate, entre líneas, de las acciones de sus personajes y el contexto contra el que luchan, transformándose por momentos en una especie de crítica social tan frontal que pierde fuerza. A pesar de esto, el largometraje funciona y tiene varios momentos crudos que nos confrontan con las peores miserias humanas y que vemos en la calle sin necesidad de estar en El Hoyo. En la época de cuarentena que vivimos, no solo es una experiencia catártica sobre el encierro, también es una reflexión sobre los sistemas que vemos colapsar en la actualidad y nuestra posibilidad de mantener nuestra humanidad hasta el los contextos más adversos. Desde ese lugar y gracias a la difusión que ha tenido en todas las redes, El Hoyo cumple su cometido: abrir un debate entre los espectadores que los lleve a reflexionar y entender en qué nivel de El Hoyo se encuentran y qué piensan hacer para salir de él (sin depender de una panna cotta ni de un mesias).

 

Lo mejor: su premisa claustrofóbica y el universo ambiguo que crea con pocos recursos. La crítica social que tiene de fondo (que cuando es sutil funciona, pero cuando es directa pierde fuerza). El cast y sus actuaciones: son tan freaks como todo el setting de la película.

 

Lo malo: muchos de sus diálogos son completamente expositivos, revelando demasiada información que, fácilmente, podría haberse dosificado durante el desarrollo de la trama. Hay varios momentos Deus ex machina. Su final abierto no termina de resolver nada y es efectista.

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