Dark: los viajeros y su eterno retorno

showtime

Dark: los viajeros y su eterno retorno

27 de agosto de 2020

Dark es mucho más que una serie sobre viajes en el tiempo. Es una tragedia moderna apoyada en un artificio narrativo que la hace dinámica y lúdica para el espectador. Gracias a su mosaico narrativo, giros inesperados, personajes complejos, dilemas existenciales, universo fascinante y múltiples lecturas a nivel simbólico, su discurso se vuelve una experiencia inmersiva en la cual provoca zambullirse desde el primer episodio.

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

El mundo del entretenimiento cambió para siempre. Desde hace un par de años, gracias a las plataformas de streaming y los avances tecnológicos, la forma de producir y consumir contenido se ha transformado. Un proceso que se ha acelerado exponencialmente en 2020 gracias al Covid-19, obligando a los espectadores a renunciar —hasta nuevo aviso— a las salas de cine y decantarse por ver historias en casa. Un hecho que para muchos ha sido una estocada mortal para las exhibidoras, para otros es un proceso natural. Sin ir muy lejos, el teórico de guión más famoso de Hollywood, Robert Mckee (autor de Story, la llamada “Biblia de los guionistas”) declaró que “el cine se está muriendo, las series son el futuro”. Una sentencia que, a simple vista, pueda sonar un poco exagerada, pero que no debe tomarse a la ligera. El cine (como narrativa) siempre va a existir, lo que está en peligro es su “experiencia” tal y como la conocemos (colas para comprar un ticket, la sala oscura con cientos de personas, etc), sobre todo gracias al salto exponencial del público a las plataformas de streaming. Si a esto sumamos la migración de talento de la pantalla grande a estos formatos, la voracidad del público haciendo binge-watching, los cientos de títulos que se generan anualmente y el control de los algoritmos sobre lo que “debemos” ver, el panorama para cualquier producción que quiera sobresalir no es el más idóneo. Es por eso que cuando una serie contemporánea es considerada “de culto” se vuelve una rareza que llama poderosamente la atención. Este es el caso de Dark, un cisne negro producción original de Netflix en Alemania que se ha vuelto un fenómeno pop a pesar de ser una historia atípica y que desafía la homogeneidad narrativa que conseguimos en esta plataforma.

 

La historia de Dark comienza en el año 2019 y transcurre en Winden, un pueblito que parece congelado en el tiempo y que es habitado por un puñado de familias que poseen un “pasado compartido” entre varias generaciones. La calma de este lugar se ve interrumpida por la misteriosa desaparición de un adolescente, un suceso atípico que hace eco de uno similar que ocurrió 33 años atrás (lo que levanta las sospechas de los cuerpos policiales y algunos habitantes). En este contexto se nos van presentando una decena de personajes de diferentes edades que, aparentemente, poco o nada tienen en común, pero que mientras se va desarrollando la trama descubrimos que forman parte de un complejisimo rompecabezas donde “todo está conectado”. De esta manera, lo que comienza como una investigación policial se transforma en un misterio relacionado con viajes en el tiempo, asesinatos, amores prohibidos, paradojas y el Apocalipsis (entre muchas cosas más).

 

En un servicio de streaming como Netflix donde la cantidad supera la calidad, es difícil conseguir contenido tan impecable como Dark. Desde cualquier arista que quiera mirarse (guión, dirección, construcción de personajes, casting, actuaciones, música, diseño de producción, dirección de fotografía, montaje, desarrollo de temas y dimensión simbólica) la serie sobresale muchísimo, hasta el punto de congraciarse con la mayoría de la crítica y poseer un sólido fan base alrededor del mundo, algo atípico para una producción alemana de apenas 3 temporadas y 26 episodios. Sus creadores, Baran bo Odar en la dirección y Jantje Friese en el guión, firman cada uno de los episodios en sus respectivas áreas de realización, transformándose en una dupla creativa que le imprime a la serie una impronta única al mejor estilo de Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga en True Detective o David Lynch y Mark Frost en Twin Peaks. Esto aleja a Dark de la narrativa genérica de muchas historias contemporáneas, propuestas desprovistas de alma que son creadas para consumir en un fin de semana y olvidarlas en pocos días, obedeciendo a una suerte endogamia narrativa propiciada por los algoritmos que alimentan un bucle del que puede ser difícil salir para algunos espectadores.

 

El primer atractivo que posee Dark es su premisa: una mezcla entre drama y suspenso aderezada con viajes en el tiempo. Este último punto sirve de excusa para desarrollar una narración fragmentada en varias épocas y personajes que le dan a la historia un ritmo que engancha fácilmente. Si a esto sumamos las vueltas de tuerca del guión, la dosificación de información a cuenta gotas (y las múltiples teorías que se pueden generar alrededor de cada hecho), la necesidad de rastrear las conexiones en los árboles genealógicos de todas las familias (piedra angular del relato que se va develando poco a poco) y la importancia de seguir la cronología de lo que sucede (atando cabos en un espiral temporal en el que asistimos una y otra vez a los mismos eventos, pero desde diferentes perspectivas), tenemos como resultado un laberinto narrativo en el que provoca perderse y que muchos espectadores percibirán como un “reto”. Curiosamente, los viajes en el tiempo y sus referencias cinematográficas (desde lo mainstream como Back to the Future hasta lo underground como Predestination o Donnie Darko) son solo la punta del iceberg. El verdadero corazón de la serie está en el desarrollo de conflictos arquetípicos desde una visión filosófica, haciendo que nos cuestionemos temas tan esenciales como nuestro libre albedrío o hasta qué punto el fin justifica los medios. De hecho, viéndolo de forma objetiva, Dark vendría siendo el equivalente a una tragedia griega moderna: está poblada de personajes complejos que luchan contra un oráculo imposible de revertir, familias infestadas de secretos oscuros, parricidios, filicidios, incestos, hybris y némesis azuzados por un eros y phatos que generan dicotomías imposibles de resolver.

 

Tan complejos como los conflictos que plantea la serie son los personajes que la habitan. Cada uno de ellos comienza siendo una misteriosa crisálida completamente hermética que poco a poco se abre durante el desarrollo de la historia, ganándose nuestra empatía o pasando del amor al odio en cada decisión que toman. Elecciones que, dicho sea de paso, siempre exigen un sacrificio doloroso que se traduce en vida o muerte de aquello que tanto aman. Desde el trío protagónico de Jonas, Martha y Claudia, hasta los personajes secundarios, todos se van entrelazando en una urdimbre imposible de separar, lo que le dificulta al espectador poder tomar una posición frente a ciertos conflictos: como en la vida misma, no hay finales felices ni soluciones fáciles a lo que sucede. Además, gracias a la estructura narrativa de la serie, tenemos la posibilidad de ver la evolución de los personajes en diferentes épocas y, en paralelo, observar la causa y efecto de sus acciones dentro de su psique y el mundo que los rodea. Esto hace que el nivel de empatía que desarrollamos por cada uno de ellos se intensifique y nos sintamos agobiados frente a la inevitabilidad de ciertos sucesos que marcan sus vidas (viendo cómo el futuro puede cambiar el pasado y viceversa en una dinámica urobórica). Por supuesto, este ejercicio narrativo es posible gracias al trabajo de casting excepcional de la serie —uno de los más increíbles de la historia de la televisión— y que se enfrentó a la titánica tarea de conseguir una triada de actores, que se parezcan entre sí y hagan una buena caracterización de sus papeles, para darle vida al mismo personajes en 3 tiempos diferentes (niñez, adultez y vejez). Una labor que, por si fuera poco, muchas veces sirve de hilo conductor entre los saltos de tiempo, haciendo que el público intuya quién es quién gracias a su parecido con su versión de otra época.

 

Más allá del desarrollo de su guión, otro de los pilares que atrapa de Dark es su propuesta visual. La dirección de Baran Bo Odar, apoyada en la cinematografía de Nikolaus Summerer y el diseño de producción de Udo Kramer, hace que la serie posea una atmósfera ominosa en cada plano, envolviendo al espectador en un mood onírico al mejor estilo de David Lynch, al mismo tiempo que maneja la tensión con una precisión que recuerda a David Fincher. Un trabajo que se replica en múltiples líneas temporales, dotando de una impronta única a cada espacio, pero sin separarlo demasiado del conjunto. Es así como el pasado posee una paleta de colores cálida que mientras avanza el tiempo va perdiendo saturación, hasta llegar un futuro apocalíptico lleno de tonalidades frías, casi grises. Un artificio que se reinventa y se desdobla cuando aparece el “universo espejo”, regalándonos una experiencia estética y narrativa “diferente” donde los decorados están volteados, los roles de los personajes se intercambian, los eventos transcurren con algunas modificaciones, pero al final todo tiende a ser similar al “universo original” que hemos seguido en la temporada 1 y 2 (inevitable para los gamers no asociar esta propuesta con The Legend of Zelda: Ocarina of Time y The Legend of Zelda: Majoras Mask). La guinda de este empaque la pone la música de Ben Frost, que compone una banda sonora tan hipnótica que nos seduce y queda resonando en nosotros hasta el final de cada capítulo.

 

La comunión entre fondo y forma de Dark da como resultado que la serie tenga su propio tempo, algo completamente atípico en estos tiempos que vivimos donde las fórmulas y estructuras rígidas se han apoderado de los relatos que consumimos… Un tempo que, como la cueva de Winden, hace que entremos en cada capítulo sin saber hacia donde vamos, asimilando mucha información, saltando de un personaje a otro y moviendo la historia de manera vertiginosa (porque en Dark siempre están pasando cosas) sin que nos sintamos abrumados o desesperados por saber más. De hecho, aunque muchos episodios terminan en cliffhangers, siempre sentimos que cada entrega tiene su “justa duración”, evitando que nos intoxiquemos o perdamos en el camino. Gracias a este ritmo, el desarrollo de la serie nos demuestra que “menos es más” y logra con pocas locaciones y personajes (aunque en diferentes épocas) crear un relato inteligente y superior a muchas otras producciones más ambiciosas y con mayor presupuesto.

 

Para muchos —incluyéndome—, lo que más genera fascinación de Dark es el universo simbólico en el que se apoya la historia. Gracias a él la trama se amplifica, los lugares se redimensionan y las acciones de los personajes tienen múltiples significados. Además, la serie maneja una riqueza de referencias que hacen que podamos leerla desde diferentes tradiciones. Comenzando por la judeo cristiana con Adan y Eva como los “creadores” del mundo, condenados por los pecados que han cometido y artífices del Apocalipsis, ambos representados como imágenes de lo masculino y femenino arquetípico (anima y animus en todos sus estadios). Paseándonos por los griegos con el mito de Ariadna y el Minotauro, una metáfora directa sobre los viajeros en el tiempo, perdidos en un “loop” temporal, guiados por un hilo que los lleva al centro del “laberinto” para enfrentarse con sus demonios (su sombra, esa versión “oscura” de sí mismos de la que reniegan pero que, inevitablemente, terminan encarnando) o el mito de Sísifo (donde Adan y Eva están castigados a repetir una y otra vez las mismas acciones, sufriendo, sin poder salir del ciclo en el que están encerrados). Siguiendo con la alquimia con imágenes como La Tabla Esmeralda (el emblema de Sic Mundus Creatus Est que expone las similitudes entre “lo que está abajo y está arriba”, imagen especular de la dualidad de los personajes y las dimensiones, una metáfora sobre la “creación del mundo”) y el Ouroboros (símbolo por antonomasia lo eterno e indivisible, la continuidad del tiempo, el uno y el todo). Hasta llegar a Triqueta celta (símbolo de la triple dimensión de las cosas, como los universos, presente-pasado-futuro, niñez-adultez-vejez, vida-muerte-resurrección, la familia y muchas cosas más) o símbolos primordiales como la cueva (que conecta el macrocosmos y el microcosmos, del retorno al origen y el renacimiento). Imágenes que se repiten y nos permiten profundizar en el discurso de la serie sin que esto vaya en detrimento del espectador causal que no penetre en la dimensión hermética de la narración. Un delicado equilibro que se ve claramente en cómo la serie de presta para el binge-watching para cierto tipo de espectadores, al mismo tiempo que complace a aquellos que desean disfrutar “1 episodio al día” para darse el tiempo de analizar cada detalle de forma concienzuda antes de seguir avanzando.

 

Dark es mucho más que una serie sobre viajes en el tiempo. Es una tragedia moderna apoyada en un artificio narrativo que la hace dinámica y lúdica para el espectador. Gracias a su mosaico narrativo, giros inesperados, personajes complejos, dilemas existenciales, universo fascinante y múltiples lecturas a nivel simbólico, su discurso se vuelve una experiencia inmersiva en la cual provoca zambullirse desde el primer episodio. Su impecable factura a nivel técnico y su personalidad la hacen una rareza dentro del catálogo de Netflix (que cada día parece más un catálogo de variaciones del mismo tema que una plataforma con propuestas novedosas de contenido). Sin lugar a dudas, la atmósfera ominosa de Winden quedará grabada en nuestra memoria junto con esos grandes lugares de la ficción contemporánea como el desértico y caluroso Albuquerque de Breaking Bad o los misteriosos campos de Louisiana de True Detective. La familia Nielsen, Kahnwald, Doppler y Tiedemann, sus tribulaciones, sacrificios, miedos y sueños nos seguirán acompañando cada vez que veamos una cueva y reflexionemos sobre el destino, nuestra compulsión a la repetición y la fuerza que tiene el amor para cambiar nuestras vidas.

 

Lo mejor: el desarrollo de su guión y sus vueltas de tuerca. La amplificación de su discurso desde lo simbólico. El increíble trabajo de casting. La dirección, diseño de producción, fotografía, música y montaje, la serie es intachable desde su aspecto técnico.

 

Lo malo: aunque su final es redondo, se omitió el cierre y desarrollo de alguna subtramas. La última temporada nos arroja demasiada información de golpe que hubiese quedado distribuida mejor de haber tenido un par de capítulos extra.

Si te gustó, compártela: