Había una vez un metro…

editorial

Había una vez un metro…

19 de agosto de 2019

Pongamos que sobreviviste una vez más a la experiencia traumática que hoy representa hacer un viaje en el Metro de Caracas a la hora pico. Pongamos que el tren no se descarriló, como ocurrió el sábado pasado dejando un saldo de ocho heridos. Pongamos que tampoco te desmayaste en el vagón donde iban todos apretados como contingente de judíos rumbo a Auschwitz. Y pongamos que te bajas entonces en la estación Chacaíto y sales a la plaza, empapado en sudor, revisándote los bolsillos para ver qué te robaron, y tomando una bocanada de aire fresco como si fueras Carlos Coste después de una sesión de apnea.

Es entonces cuando levantas la vista y de pronto -¡Oh milagro!- allí está el cartel de la tienda “Don Disco”, sí, el de toda la vida, con sus letras negras sobre fondo amarillo, con su muñequito y su disco mal dibujado de la era pre-photoshop. Y quieres pensar entonces que nada ha pasado en este país, o por lo menos que algunas de las  cosas buenas que tuvimos, no han sido barridas por el barbarazo. Pero la verdad, como puedes ver al acercarte, es que del pasado solo queda el cartel y unos anaqueles viejos, vacíos y polvorientos.

Entre aquellas cosas buenas del pasado el Metro de Caracas tiene un lugar muy especial. Es así porque alguna vez nos llenó de orgullo y, más aún, porque fue una suerte de tráiler cinematográfico de una Venezuela futura que algún día se estrenaría. Era una promesa de modernidad distinta a lo que habíamos conocido; no la modernidad atropellada y atropellante del nuevo-riquismo petrolero; sino una llena de civilidad, respeto, limpieza y eficiencia.

Por ello es tan particularmente doloroso lo que han hecho y lo que han dejado de hacer con nuestro metro capitalino. No entraremos aquí en detalle sobre los varios aspectos de su crisis: desde las secuelas de haber entregado los grandes contratos nada menos que a las perlitas de Odebrecht, hasta la sarta de pésimos gerentes con que han castigado a esa empresa.

Quedémonos con lo más pequeñito, pero quizá los más simbólico de la debacle: el vergonzoso ticket que hoy expenden las taquillas; un trocito mal cortado de cartulina barata, impreso con una pálida tinta que aspira a ser roja y, por supuesto, sin banda magnética que permita utilizarlo en las máquinas de acceso.

Para no sentarnos a llorar, en A simple vista decidimos reírnos con esta infografía que ilustra el “avance tecnológico” de lo que algunos se atreven a llamar la Venezuela potencia.

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