El Niño Jesús sin patria

editorial

El Niño Jesús sin patria

A simple vista28 de noviembre de 2020

Este año no está en un cálido pesebre junto a su familia, sino solo y tiritando de frío a bordo de un peñero.

El Niño Jesús no está para recibir cartas y repartir regalos. Hace unos días lo subieron a un peñero y lo lanzaron a navegar por aguas donde lo menos peligroso son los tiburones, pues están infestadas de narcos y traficantes de almas.

Era el segundo de los tres viajes entre Venezuela y Trinidad que, en cosa de pocos días, tendría que hacer este niño de apenas cuatro meses de edad, todos ellos en brazos de gente extraña.

Sus padres se quedaron en Trinidad, a donde llegaron huyendo de la miseria. En Güiria José no era carpintero, sino pescador, y María se defendía vendiendo empanadas. Así juntaron los dolarcitos para emprender la aventura y cruzar los 140 kilómetros de mar abierto que los separaban de la esperanza.

En el pueblo dejaron a Chuíto -así llaman a Jesús-  al cuidado de la abuela Ana. Se fueron en avanzada, tratando de no pensar en los peligros; en la gente conocida que partió y nunca llegó ni volvió, o en los cuentos de los que llegaron pero tuvieron que enfrentarse a extorsionistas y policías brutales. Por fortuna, las cosas salieron bien… o eso parecía. Pusieron pie en tierra y lograron instalarse.

Faltaba, pues, reunir de nuevo a la familia para empezar una nueva historia, lejos del hambre y las mil penurias que dejaron en Venezuela. En Güiria se ocuparon de los trámites y embarcaron al bebé en su primer viaje. Pero nada ocurrió como esperaban. Al llegar a la isla a Jesús lo encerraron en un centro de detención junto a otros 15 niños.  Pese a la actuación de abogados y defensores de los migrantes, todos los menores fueron devueltos sin ningún miramiento en un precario peñero, y con mal tiempo. Estalló el escándalo y, finalmente, las autoridades de la isla aceptaron a regañadientes que los muchachos regresaran, solo para ser nuevamente detenidos.

En Trinidad no saben ni quieren saber mucho de derecho humanitario ni del correcto trato a los refugiados. De hecho, como es sabido, es uno de los países que se prestó a servir de puente para las deportaciones organizadas por funcionarios de Donald Trump, incluyendo las de muchos venezolanos. El primer ministro, Keith Rowley, un aliado del gobierno de Nicolás Maduro pero no de quienes lo sufren, dejó las cosas muy claras hace tiempo, cuando apenas comenzaron a llegar los primeros grupos de emigrantes: “No podemos y no permitiremos que nos conviertan en un campo de refugiados“.

Pero el escándalo de los niños fue tan mayúsculo que las autoridades judiciales trinitarias experimentaron una epifanía y se vieron asaltados por un sentimiento de solidaridad. Una jueza ordenó la liberación de los menores reconociendo que las leyes de inmigración del país no prevén la detención y deportación de niños, y que los mismos debían estar bajo la custodia de sus familiares. (Habrá que agregar que ni las leyes del país ni los principios más elementales del derecho internacional ni el sentido común).

Con todo, hicieron más que las autoridades venezolanas. El silencio del gobierno resultó clamoroso y las noticias no evitaron que Nicolás Maduro celebrara por todo lo alto su cumpleaños con una fiesta amenizada por artistas como Bonny Cepeda, Omar Enrique, Luis Lozada, Cristóbal Jiménez, Armando Martínez y –no faltaba más- un grupo de Mariachis. El comunicado de Jorge Arreaza, invitando al gobierno trinitario a conversar y sin señalar expresamente el caso, fue por decir lo menos  tan aguado y tibio como la usual expresión facial del firmante.

Jesús, José y María ya están juntos, pero siguen sin patria. Huyeron de un país que los echó al mar al negarles lo mínimo necesario para una vida decente, para llegar a otro donde las autoridades, y muchos ciudadanos contaminados por la intolerancia que se promueve desde el poder, no los quieren.

Sin embargo, quizá se cumpla el viejo dicho según el cual “a nadie le falta Dios” y encuentren a esos buenos samaritanos que nunca faltan para sortear las muchas dificultades que de seguro tienen por delante.

Entre tanto, el drama humano de Venezuela sigue desarrollándose sin que podamos avizorar su fin.

NOTA: Los nombres de José, María, Ana y Jesús, así como las circunstancias específicas descritas,  no corresponden, por supuesto, a los de los verdaderos protagonistas de esta historia.

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