AP: Escapan de Venezuela los 16 soldados asilados en embajada de Panamá

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AP: Escapan de Venezuela los 16 soldados asilados en embajada de Panamá

Foto: AP Photo/Ariana Cubillos, Archivo
10 de diciembre de 2019

Tras varios meses de estar como «huéspedes» en la legación diplomática luego de lo ocurrido el 30 de abril, se las ingeniaron para salir del país

Texto: Joshua Goodman/AP

Durante siete meses durmieron sobre el frío piso de estrechas habitaciones, pasando las noches en vela y manteniéndose en forma con pesas improvisadas hechas de jarrones de agua. Pero este lunes, 16 miembros de la Guardia Nacional que sorprendieron a Venezuela y al mundo al participar en un levantamiento contra el mandatario Nicolás Maduro el pasado 30 de abril, ya estaban a salvo fuera del país, tras haber huido con éxito de la embajada de Panamá en Caracas que había sido su residencia improvisada.

The Associated Press habló en exclusiva con los líderes del grupo, que ofrecieron el primer relato detallado de lo que los llevó a aliarse con los rivales de Maduro en un levantamiento que dejó al descubierto el menguante respaldo al líder socialista al interior de las fuerzas armadas.

Por motivos de seguridad, los tenientes coroneles Illich Sánchez y Rafael Soto no dieron a conocer su ubicación ni revelaron exactamente cuándo ni cómo salieron de Venezuela. Únicamente dijeron que viajaron en pequeños grupos como parte de una “operación militar” clandestina que contó con el respaldo de decenas de soldados de bajo rango y sus comandantes.

“Queremos aclarar a todo el pueblo venezolano que la decisión tomada el pasado 30 de abril fue basada en función a cumplir con lo establecido en la Constitución, las leyes de la República y la institucionalidad democrática”, dijo Sánchez en una carta escrita a mano enviada a la AP para confirmar que él y los otros 16 militares habían salido a salvo del país.

La historia previamente desconocida de cómo Sánchez y Soto lograron engañar a sus superiores y planear una revuelta contra Maduro resalta el descontento — y el temor — que se vive en las barracas de las fuerzas armadas venezolanas incluso en momentos en que el mandatario se aferra al poder en medio de aplastantes sanciones impuestas por Estados Unidos después de los comicios presidenciales del año pasado a los que muchos describen como fraudulentos.

Los dos viejos amigos narraron cómo su desilusión fue en aumento con el devastador colapso de la economía venezolana y comenzaron a planear la destitución de Maduro. Eventualmente, se aliaron con los rivales de Maduro encabezados por el presidente de la Asamblea Nacional Juan Guaidó, a quien Estados Unidos y alrededor de 60 países reconocen como el presidente encargado de Venezuela.

El 30 de abril sorprendieron al pueblo venezolano al aparecer poco antes del amanecer con tanques y tropas fuertemente armadas en un puente al este de Caracas junto a Guaidó y al activista Leopoldo López, a quien ayudaron a escapar de lo que consideraban un arresto domiciliario ilegítimo.

“Cuando fui hablar con mi tropa a las 2 de la mañana y les dije que íbamos a liberar a Venezuela, algunos quebraron en llanto”, contó Sánchez, quien en una fotografía tomada el lunes seguía vistiendo la misma sudadera que usó para ingresar a la embajada de Panamá. “No lo podían creer, pero estaban comprometidos desde el primer momento”.

“Estaba la mesa servida para que el país tuviera una transición pacífica”, añadió Soto.

En retrospectiva, los dos condecorados oficiales parecían destinados para la arriesgada misión, después de que ambos fueron subiendo de rango hasta alcanzar posiciones de confianza con control directo de tropas y contacto regular con los principales asistentes de Maduro y de miembros del gabinete.

Sánchez, de 41 años de edad, comandaba un cuartel de alrededor de 500 elementos responsables de la protección de los edificios gubernamentales del centro, incluidos el palacio presidencial, la Corte Suprema y —más importante— la Asamblea, donde la oposición es mayoría.

Esa posición única le brindaba una pantalla para ganarse la confianza de los legisladores de oposición, incluso si en los días más tumultuosos tenía que hacer cosas como retirar por la fuerza a activistas que se encadenaban a la sede legislativa.

“El único militar autorizado para hablar con la oposición fui yo”, dijo Sánchez. “Pero en un país polarizado, donde o eres blanco o eres negro, yo no podía fijar una posición política”.

Soto, de 43 años, pasó un tiempo asignado al temido organismo de inteligencia SEBIN, encabezando a un equipo de alrededor de 150 agentes encargados de espiar a los opositores del gobierno. Esa capacitación le dio la confianza que necesitaba para saber cómo podía comunicarse de una manera segura con los otros conspiradores.

En lo que considera como un “acto del destino”, conoció a López en 2018 cuando fue enviado a su casa — a donde el líder opositor había sido transferido para concluir una sentencia de 14 años por incitar a la violencia — para buscar un teléfono celular con chip estadounidense que había estado utilizando para comunicarse de manera clandestina.

Pero en lugar de realizar un cateo, pasó una hora charlando con el principal preso político de Venezuela, intercambiando puntos de vista sobre la situación del país e incluso tomándose una foto juntos para su esposa, una admiradora de López.

“Ahí es donde planté una semilla”, dijo Soto. “Logré convencerle de que no todos los militares estamos con la revolución”.

Repitiendo algunas afirmaciones del gobierno del presidente Donald Trump, ambos señalaron que fueron traicionados por los asistentes de Maduro, incluyendo al presidente del Tribunal Supremo Maikel Moreno y el ministro de Defensa Vladimir Padrino, quienes -afirman- cambiaron de parecer en el último momento a la promesa que habían hecho a la oposición de retirarle su apoyo a Maduro. Tanto Moreno como Padrino han reiterado su lealtad a Maduro.

Durante la confusión tras la fallida rebelión, escaparon en busca de protección en la parte trasera de motocicletas, deshaciéndose de sus uniformes militares y tocando, al principio sin éxito, en las puertas de varias embajadas.

En medio del caos, López hizo una llamada telefónica al presidente de Panamá Juan Carlos Varela, quien de inmediato acogió la causa y trabajó durante la noche para garantizar personalmente su llegada segura a la embajada.

En una entrevista, Varela recordó cómo dos meses antes de la invasión de Estados Unidos a Panamá en 1989, el entonces dictador, el general Manuel Antonio Noriega, desarticuló un levantamiento similar y posteriormente ordenó la ejecución de más de 10 conspiradores.

“No podíamos dejarlos solos… El SEBIN estaba a tres metros de la puerta. Iban a matarlos a todos”, dijo a la AP Varela, quien dejó la presidencia en julio pasado.

El gobierno venezolano aún no ha comentado al respecto, pero poco después del fallido levantamiento, Maduro acusó a los hombres de pertenecer a un pequeño grupo de “traidores” que habían sido engañados por la “ultraderecha golpista” con respaldo de Estados Unidos. Varios otros supuestos conspiradores fueron encarcelados, y un capitán de la Marina acusado de intentar asesinar a Maduro, murió bajo custodia de las autoridades con lo que su abogado afirma eran marcas de tortura.

Resaltando los riesgos relacionados con la huida de los militares, comandantes regionales recibieron en días recientes la orden de estar alerta ante la posible presencia de los hombres, a quienes tenían identificados por fotografías.

“Recuerden que tienen armas y es la fecha para sembrar caos”, se lee en el mensaje, del cual Sánchez obtuvo una copia.

La embajada, ubicada en un lujoso rascacielos ocupado por empresas estatales y contratistas conectados con el gobierno, se convertiría en su vivienda fuertemente vigilada durante los próximos siete meses. Ambos dijeron que el “apoyo humanitario” que les brindó el personal de la embajada y el pueblo panameño garantizó su seguridad.

Durante su encierro, los 16 elementos trabajaron duro para mantener su disciplina militar.

Para no interferir con las actividades de sus anfitriones, implementaron un horario reverso, durmiendo durante el día sobre delgados colchones tendidos sobre el piso de una pequeña habitación. Y por las noches, una vez que los diplomáticos habían ido a casa, salían de cama para cocinar en una pequeña estufa, mantenerse en forma con pesas improvisadas hechas con botellas de 20 litros de agua, y leer textos religiosos en un círculo de oración. Sánchez comparó su escondite con el ático secreto en el que Anna Frank se ocultaba de los nazis.

Soto y Sánchez afianzaron su amistad como jóvenes cadetes, antes de que Hugo Chávez llegara al poder y trastocara las fuerzas armadas de Venezuela, deshaciéndose de todo aquel sospechoso de deslealtad. Señalaron que siempre han sido leales a la institución a la que sirven, y no a la revolución de Chávez, y lograron obtener la confianza de altos funcionarios gracias a su elevado nivel de profesionalismo.

En secreto le dieron la espalda a la revolución chavista en 2007, después de que el mandatario intentó alterar la constitución de Venezuela para abolir los límites a su mandato presidencial. Pero en ese momento no tenían la capacidad de presionar por un cambio.

“No quería radicalizarme para ser un mártir más”, dijo Sánchez. “Tenía que esperar mi momento”.

El brutal asesinato de 2018 del policía Óscar Pérez en un operativo militar en su escondite resaltó los peligros que enfrentaban, pero también ratificó su propósito. Una vez que Guaidó se declaró presidente interino con el respaldo de Estados Unidos en enero pasado, ambos se involucraron plenamente en una conspiración con miembros de la oposición.

Más o menos al mismo tiempo, Soto fue arrestado como parte de una redada de supuestos conspiradores al interior de la Guardia Nacional. Pero después de una horrenda semana en los calabozos de contrainteligencia militar, en la que señala que permaneció con la cabeza cubierta y bajo la constante amenaza de tortura, el que fuera su jefe, el director del SEBIN, el general Gustavo González López, se presentó personalmente para sacarlo de la cárcel.

“Me creyó a medias. Pero no era conveniente que alguien de su máxima confianza estaba ahí porque podría haber sido señalado él”, señaló Soto.

Ambos sienten una profunda admiración por López a pesar de la desconfianza al interior de la misma oposición sobre la táctica y la planeación del sorpresivo levantamiento, del que sólo un pequeño grupo tiene todos los detalles. En preparación al levantamiento, los dos incluso lograron pasar el cordón de seguridad al exterior de la residencia de López y discutir los planes cara a cara.

“Nosotros hablábamos tranquilamente porque sabía exactamente qué monitoreaba el gobierno y qué pudimos decir, y qué no”, contó Soto sobre las dos semanas repletas de adrenalina previas al levantamiento.

Tras la movilización, López — desde la residencia del embajador de España donde se refugió — se hizo cargo de sus necesidades diarias para asegurarse de que no decayera el ánimo. Cada sábado cocinaban hamburguesas donadas por los simpatizantes de la oposición.

Ahora en el exilio, sus planes son inciertos, pero finalmente se reunirán con sus familiares, a los que se les otorgó asilo en Panamá después de salir huyendo una vez que el levantamiento fracasó.

“Salimos de Venezuela”, dijo Sánchez desde una ubicación no revelada. “Pero nuestra lucha para restaurar la democracia sigue”.

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