Ascenso: una mirada a la oscuridad

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Ascenso: una mirada a la oscuridad

12 de mayo de 2020

Cada plano es una pintura en movimiento, un lienzo que nos invita a perdernos en él para descubrir—nos— lentamente, generando un efecto hipnótico donde nuestra intuición vuela.

Crítica por: Luis Bond // @luisbond009

Para muchos, la cuarentena parece ser una pesadilla sin fin. El confinamiento va mucho más allá de no poder salir de casa, algunas personas la viven como una experiencia traumática que los ha obligado a enfrentarse a sus propios demonios. No en balde, nos encontramos en redes relatos sobre fantasías suicidas, depresión y una actividad onírica atípica (por no decir, perturbadora). Es poco lo que se puede decir con palabras de este “estado del alma” donde muchos se encuentran, es por eso que la imagen irrumpe para darle forma a eso que no podemos expresar y, como un hecho sincronístico, se estrenó en internet Ascenso, la más reciente obra de los hermanos Luis y Andrés Rodríguez con la participación de Jesús Santana con su banda Eighth Sin. Un cisne negro que nos regala un retrato lúcido del desasosiego que vivimos.

 

No suelo hablar en primera persona en mis críticas, pero dado a que conozco a ambos personajes de primera mano me permito compartirles algunos insights sobre mi relación con ellos. Conocí a los hermanos Rodríguez hace unos años atrás gracias a Brecha en el silencio, una película que está en mi top de lo mejor del cine venezolano contemporáneo. Una historia minimalista, dura, con una impronta que salta a la vista y una narrativa que no solemos conseguir en «nuestro cine” (porque retrata “esa realidad” que no queremos ver, por más que no podamos evadirla). Con Jesús tengo casi una década de amistad profunda, donde los libros, las películas y el ocultismo nos han unido mucho más de lo que puedo expresar en unas líneas. A pesar de eso, apenas hace unos meses pude conocer —y disfrutar— de su faceta como cantante de Eighth Sin y verlo en tarima: una experiencia inolvidable y con un nivel de entrega tan grande como el que exige un género como el Black Metal. Jesús, como una suerte de Gertrude Stein, se ha encargado de reunir entre libros a personajes de todo tipo (médicos, abogados, escritores, cineastas, músicos), lo que hace que de cada visita a Librería Estudios una experiencia enriquecedora. Es en este contexto donde coincido con Luis “Morocho” (un tipo taciturno, crítico y profundamente apasionado por el cine, características que suelen escasear en nuestros realizadores). Más allá de cosechar una gran amistad, Jesús y Luis han hecho una llave que se las trae a nivel creativo. Están cocinando el primer documental sobre música extrema en Venezuela (Metal Extremo Venezuela ) y están juntos en un ambicioso proyecto audiovisual llamado Quebrantos (donde poesía, música, vídeo y fotografía confluyen en un evento sin precedentes en nuestro país). Ascenso es el “primer” hijo de esta dupla, una pieza como pocas en nuestra filmografía.

 

Desde su primer fotograma, Ascenso nos confronta con imágenes hipnóticas y decadentes. Una casa en ruinas y llena de polvo, como una suerte de purgatorio donde el tiempo está detenido y parece imposible habitar. A pesar de esto, en ella viven —¿sobreviven?—, entre escombros, un adulto y un joven. El primero descuidado, sucio y perdido en el alcohol, el segundo esmirriado, sumido en un mundo de recuerdos y fantasía. Padre e hijo, pasado y futuro, todo se desdibuja en un limbo donde culpas y rencores azuzan a ambos tomando la forma del fantasma de una mujer ausente (cuyas manos van y vienen sobre el joven, regalándonos los únicos momentos cálidos de este relato). Con Arcanos Mayores deslizándose sobre una mesa, La Luna, El Colgado y La Torre marcan la progresión de una historia que atraviesa la noche oscura del alma exigiendo un sacrificio y la destrucción de las estructuras que aprisionan al alma. Un espejo nos sumerge en la fantasía de un pasado mejor y nos confronta al ponernos de frente a ese otro que no queremos ver. Acto seguido, la violencia se hace presente y nos hace descender por una escalera llena de barrotes para llegar al Hades. Eighth Sin aparece con su música rompiendo el silencio. Los gritos expresan lo que el alma calla, la sacan de su letargo y dinamizan. El alcohol (¿un eco de Sísifo?) y el baile crean un éxtasis dionisiaco donde la emoción ya no puede ocultarse, es necesario que la muerte irrumpa para que haya un renacimiento. La sangre brota y la expiación se hace presente, el delirio llega a su punto máximo sellando la tragedia en ciernes. Las paredes de la psique se agrietan y el grito del alma nos libera.

 

Como pocas veces sucede en el cine, Ascenso logra una comunión perfecta entre fondo y forma. Más allá de la potencia y delicadeza de su guión, la cámara de los “Morochos” eleva muchísimo su discurso transformándose en un psicopompo. Sus directores se decantan por cuadros estáticos que, gracias a la increíble cinematografía en blanco y negro de Raúl Colmenares, nos sumergen en un “estado del alma” donde, detrás de un aparente estancamiento, hay una psique que bulle como un volcán a punto de destrozarlo todo. Cada plano es una pintura en movimiento, un lienzo que nos invita a perdernos en él para descubrir—nos— lentamente, generando un efecto hipnótico donde nuestra intuición vuela. El diseño de producción es soberbio y hace de cada locación una pesadilla donde el tiempo se impone a la cotidianidad, como un Saturno que lo devora todo. El diseño de sonoro de Raúl Colmenares es la guinda de esta atmósfera que se pasea entre Andrei Tarkovski y David Lynch, creando una envoltorio magnético que nos oprime. Por último, hay que hacer mención especial a las actuaciones de Iker López y José Félix Armas. Los dos logran expresar con sus cuerpos y miradas lo inenarrable de forma sublime y, al mismo tiempo, transfigurarse hasta el punto de intercambiarse al final del relato. Por su lado, Maythe Morales con su cara encajada, manos sedosas y mirada ausente, logra en pocos segundos imponer la fuerza del fantasma que encarna, persiguiendo a los protagonistas y al espectador.

 

Gracias a su ambigüedad y lenguaje simbólico, Ascenso nos permite acercarnos a esa membrana donde los opuestos se tocan y se abren a múltiples interpretaciones. ¿El joven se vuelve un parricida o es el padre quien acaba con su hijo? ¿Es la madre o la muerte quien consuela al joven? ¿Isis insta a Horus a enfrentarse a Seth o asistimos al nacimiento de Horus, fruto de Osiris (un padre muerto) e Isis (una madre que con su velo nos lo oculta todo)? ¿Es un rito de transición de la adolescencia a la adultez donde es necesario matar al padre y la madre? Todas las interrogantes y todas las respuestas son válidas, Ascenso nos plantea un lienzo donde podemos proyectar nuestra sombra y los demonios que nos persiguen, dándole forma a nuestra lucha interior y el infierno que llevamos por dentro. En pocos minutos, nos permite asistir a esa danza con el otro yo que soy yo, confrontándonos con la luna y el sol, lo materno y paterno, la vida y la muerte que, inexorablemente, giran sobre sí mismos en la Rueda de la fortuna. En la narrativa de los “Morochos” menos es más y con pocos planos, locaciones, personajes y tiempo logran sacudir el alma del público muchísimo más que toda la filmografía de muchos realizadores. Celebremos este descenso y Ascenso al lado oscuro de nuestro corazón.

Si quieren disfrutar de Ascenso, por acá se las dejo en este enlace:

 

Lo mejor: la ambigüedad de su puesta en escena y narrativa. La dirección de fotografía, el diseño de producción y la fuerza de cada encuadre. Las actuaciones de la triada principal. Las múltiples lecturas a las que se abre.

 

Lo malo: como muchas propuestas que se salen del molde —y la filmografía de los Morochos— ha pasado bajo cuerda en estos días de pandemia. Por su guión, puesta en escena y discurso hermético, no es una experiencia para todo el mundo.

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